Bienvenidos

No soy el músculo, que segundo a segundo, mueve una barra pesadisima para dar un golpe mas violento. No soy el bailarín que con movimientos sutiles, seduce a las muchachas en alguna pista de baile. No soy un mesias, no soy un empresario acorbatado, ni un dictador asesino. Tampoco sé si soy. Solo sé que escribo.

Este soy yo

Mi foto
Capital Federal, Buenos Aires, Argentina
De buen porte y correcto. ¡Cuando no digo nada, digo mucho, y cuando digo mucho... digo mucho.

23 nov 2008

La Espera

Si alguna vez te preguntaron ¿Que esperas de mí? Quiere decir que esa persona está o estuvo equivocada. Ya que nadie puede esperar algo de otra persona, pues “la espera”, como deseo latente en el tiempo, solo causa resignación. Ambas están muy pegadas una a la otra. Puedo verlas, como si fueran hermanas políticas, pues no llevan la misma sangre pero entre ellas se conducen. Mientras una gira la cuerda, la otra salta y canta debajo. Ello con respecto a las palabras en sí. Si hablamos de la equivocación de la persona que lo emite, otro es el punto. Podríamos decir que “Esperar algo”, sea lo que sea, implica una construcción previamente formulada, construida, elaborada, analizada. Y como sabemos el deseo puede ubicarse en cualquier ámbito pero detengamos en esa construcción previa, en eso que podríamos dar en llamar “la cosa en sí” o “lo que se espera”. Esa construcción en vísperas de un futuro incierto puede ser abarcativa o especifica.

Ósea, la espera puede ubicarse en diferentes direcciones. Para dar un ejemplo, se puede esperar X de A, también Z de B y así sucesivamente. Digamos que la resignación a la que hice mención en un principio, también genera (en grandes términos) una característica complaciente. Ya que, si esperamos Z y X. Pero solo tenemos X, la ausencia de Z (y al mismo tiempo la presencia de X). Elabora parte de la resignación por la no-presencia de Z y se encuentra solventada por la afirmación de X. En simples palabras, lo abarcativo en lo que respecta a la espera se estaciona en la resignación pero se ve apagada por completarse parte de tal acción. Solo depende de la importancia que le demos a cada una de esas direcciones (X o Z). Quizás un ejemplo práctico pueda ayudarnos a comprenderlo mejor: una pareja está por cumplir sus veinticinco años de casados, lo que se conoce como “Boda de plata”, y ante tal acontecimiento ambas personas se preguntan ¿Cuál es el mejor regalo que podría hacer para semejante suceso? En tal formulación, se abre un abanico de posibilidades en los objetos a regalar. Y entra en juego la sorpresa, culturalmente aceptada y tomada como necesaria (muchas veces), aquí la expectativa abre otro abanico de posibilidades. En fin, uno decide regalarle un anillo de plata al otro. Pero éste otro, esperaba compartir una linda y calida velada a la luz de la luna. Y es aquí donde entra en juego el conocimiento previo con la otra persona. Por lo cual, la valoración del regalo recibido será inmensa, aunque se estuviese esperando otra cosa. Diferente es el caso si dos personas no se conocen completamente (característica discutible si se quiere).

Digamos que si se espera algo, fuertemente, y después no se obtiene. Es ahí donde la resignación adopta el papel principal. Mismo, es lo que he dado en llamar la espera específica. Donde todo lo que se espera es eso y solamente eso. Donde no se complace con X porque se esperaba Z. Donde ningún anillo de plata suplanta a una cena a la luz de la luna. Allí, la resignación se ensancha. Esto mismo le pasa a muchos militantes, a aquellos que esperan el príncipe azul (que es azul porque está muerto), a muchos planificadores, a los votantes, a todos.

Pero esto no es algo de nuestros tiempos, es con lo tenemos que lidiar en el día a día y es algo previamente formulado que algunos prefieren tomar como natural, como cierto, convirtiéndose en la soga de salvataje ultimo. La religión Apostólica Romana, espera que el Mesías baje del monte con las palabras precisas, los revolucionarios esperan que la anhelada revolución se realice (Similar al Mesías), los medios de comunicación exhortan juegos, concursos, novelas, historias y votaciones, y por ultimo, el Estado formula leyes aparentemente generales, en vísperas que se respeten y que se realicen a raja tabla. Es por ello que no hay que ahogarse en Esperas, no hay que dejar que nos hagan sentar leyendo un hermoso libro de cuentos que anuncia un Apocalipsis, que se basa en sufrimientos, en pecados, y en un señor a imagen y semejanza que todo lo puede, que no es nosotros porque es súper poderoso, pero que, simula serlo. Es por ello que no tenemos que esperar para levantar la mano y realizar cánticos internacionales, deglutiendo momentos de antaño en lugares específicos, así como en tiempos. Es por ello que no tenemos que generar relativa importancia a lo que suceda en alguna pantalla, tomando todo como dado, aceptando liza y llanamente un mensaje. Es por ello que no tenemos razón de porque aceptar un ordenamiento basado en el individualismo personal, en vísperas de un factor positivo dentro de un sistema que no lo es. Que nos roba nuestra naciente constructiva, que mata al abanico de posibilidades, que nos modifica, que nos especifica y nos convierte en ovejas del rebaño.

No hay razón para estar siempre a la espera. Se tiene que construir diariamente, se tiene que nacer cada mañana, escribir, cantar, luchar, protestar, besar, sin alineamientos. Criticar al “patrón común”. Por patrón y por común. Que no es cerrar la espera, matarla, sino que es una especie de desvanecimientos momentáneos. Hay que esperar, si. Pero antes hay que vivir, hay que construir y construirse, tomar X y/o Z; y convertirlas en Omega. Sin que exista la presunción de lo que hay después de la puerta. Pero que sirva de algo.

El planeta Tierra

Tú eres la tierra y yo soy el cielo,

Siempre estoy arriba, siempre estoy debajo.

Tú eres la fruta y yo soy la nube,

Alimento al poeta, tú lo nutres.

.

No sabes cual es mi color;

Un negro de puntillas blancas voy alternando,

Y con un celeste te voy abrazando.

Cada mañana.

Cada atardecer.

De un rojo, amarillazo, coloreando.

.

Cuando uso mi lienzo negro,

Tú piel se vuelve tersa y suave.

Y en mi mente celeste austero

Reluces en movimientos de ave.

.

Pero es que yo no soy nada sin ti,

Muero y vuelvo a nacer.

Pues envenenado estoy, bello rubí

Y como carmesí,

Disfruto de ti, en mi tenue padecer.

25 oct 2008

Estás, no estás

Como espuma que surca entre mis dedos,

como viento impactante de primavera,

como un ser que contiene todo el cielo.

Eso, sobre mi generas.

.

Bañaras con tu mirada mi cuerpo,

mis manos acariciaras con tus mejillas,

engendraras deseos con tus besos,

saltaremos al placer desde la orilla.

.

Pero si alguna vez llego a dejar de verte,

más que extrema será mi locura,

pues tu rostro a golpeado el inconciente.

.

Y como en tal carácter no hay mesura,

y de imágenes se constituye la mente,

solo quedará tu forma en vestigios de ternura.

24 ago 2008

El hombre mesa (continuará)

El conocimiento es muy especial. Conocer una cosa es simple, basta tener en cuenta la sustancia de lo que queremos conocer, o sea, una mesa esta hecha de madera principalmente. Una mesa es árbol: roble, algarrobo, pino etc. Después hay mesas que tienen algunos detalles decorativos de bronce, oro, plata, chapa, a veces hay tornillos o engrampes, hay mesas con cajoneras y cerraduras (casi escritorios), redondas, cuadradas, rectangulares, ratonas y posmodernas (que usualmente ni siquiera son de madera, sino que de acostumbran ser de hierro y/o vidrio). En fin, la composición de un objeto es simple de analizar, de conocer, porque consta de partes relativamente estables, o mejor dicho, hay un margen estable y social en lo que entendemos por ejemplo como mesa. No quedaría nada bien una mesa del tamaño de un elefante. Se podría entender como mesa, tan solo, por la forma que toma socialmente. Pero no sería una mesa en sí. Se entendería de mejor manera, si el ámbito en el que se presenta, es un ámbito artístico. Pero no sería una mesa muy cómoda para almorzar los fideos recalentados o el guiso de la noche.

Las personas son muchas más difíciles, principalmente, porque detrás de lo palpable, detrás de lo físico, se encuentra el mundo platónico. Para ser más precisos y confusos (que es lo que verdaderamente “es”), siguiendo el ejemplo del principio podemos decir que las personas son como una mesa pero con millones de sillas en su interior, no al costado, sino que dentro. O sea, dejando en claro lo que entendemos como silla socialmente y comprendiendo que todas las mesas (En éste caso entendidas como personas) tienen sillas dentro de su ser. Alcanzar el conocimiento exacto de una silla es insospechado. Una forma simple de entender a lo que me refiero es la siguiente. Imaginemos un container cerrado herméticamente, el único conocimiento que tenemos de él es que dentro hay cincuenta sillas. Nada más. Ahora, si intentamos descubrir las características de las sillas: su textura, los instrumentos utilizados para su construcción, la época en la que fue construido, el lugar y todo lo que nos imaginemos acerca de algo que no vemos. Sería imposible, nadie podría descubrirlo, hasta el que puso las sillas en el container se vería en aprietos. Nadie identificaría perfectamente en su totalidad las características de las sillas encontradas dentro del container. En resumen, pasa lo mismo que con la variedad de mesas especificadas pero está vez hablando de sillas, solo que ahora hablamos de personas y no de cosas, ahora hablamos de un ser vivo, móvil y de una época determinada. Un ser que engaña, miente, falsifica, traiciona, que es egoísta, materialista, egocéntrico, en fin, un ser humano.

Obviamente, lo anteriormente redactado, es una afirmación consecuente de lo que somos las personas. Ha sido forzada en demasía y construida irónicamente para comprender con mayor exactitud a lo que me refiero. Las personas no somos, sino que fuimos y seremos; condicionados por el tiempo y el espacio. Con las mesas, o con las sillas, persiste un mercado que conlleva a una comercialización específica. Hace muchos años, las personas también eran entendidas como cosas (por desgracia hasta el día de hoy persiste esta idea en muchas mentes detestables) comprendidas como esclavos por su color de piel o por su espiritualidad. Hoy ese entendimiento, ha mutado y ha perdido esa fuerza latente de “cosa en sí”, por decirlo de alguna manera, ese entendimiento se ha globalizado. Siendo entendida socialmente e impactando sobre la individualidad toda. Alcanzando generalidades falsas, imponiendo leyes que parten del egoísmo y de la avaricia de algunos pocos, dando campanadas incesantes cada domingo a espera de algo que no llegará pero que se construye por sobre las personas.

Al referirme a las movilidad en el tiempo y el espacio. Me refiero a muchas modificaciones consecuentes a tiempos de rejuvenecimiento romántico y mental. Púes el monopolio mundial es mucho más punzante. La miseria se expande junto a los rascacielos. Los medios de comunicación desinforman. La cuantificación materialista maneja la calidad humana. Y todo es comprendido por una sola palabra, democracia.

26 jul 2008

El paredón de Camilo

El joven camilo espera atado a un árbol, furioso por soltarse, enfrente un gigantesco paredón. Alrededor había muchos pastizales, juncos, punzantes y Camilo asegura que vio una planta carnívora. Fue cuando el joven se dio cuanta que no estaba en tono si escapaba, sino que más bien, él estaba allí... esperando. Camilo se sentó. Cruzó sus piernas lentamente y las muñecas miraron el cielo reposadas en las rodillas. Fueron años. Camilo no entendía como seguía vivo. Púes no había comido ni bebido nada en años, pero él ahí se encontraba, estático como un piedra que no se eriza. Hasta que un día una voz se escuchó del otro lado del paredón.

Camilo escuchó la voz detrás de aquel paredón. Era la voz de alguna doncella queriendo cruzar. Fue allí, cuando sin meditarlo, un grito tembló la campanilla de Camilo. Él también quería cruzar. En un pestañar, dos paredones más lo comprimieron. Camilo fue tumbado al suelo, tan solo, por la fuerza de los vientos. Los pastizales se habían desintegrado, ahora el habitáculo era otro. Tres paredones, un árbol y Camilo encadenado. Otro grito se escuchó, pero está vez detrás del paredón que enfrentaba al joven, no se terminaba de descifrar exactamente lo que intentaba decir, sólo se notaba que la voz era muy dulce, tenue y de dolor apagado a la fuerza.

Camilo seguía gritando y del otro lado también lo hacían. Hasta que dos voces roncas silenciaron todos los sonidos. El suelo retumbaba, las paredes parecían que se inclinaban hacía el pequeño cuerpo del joven que temblaba su mentón que casi impactaba contra sus rodillas. Las voces eran muy fuertes y se hacían escuchar…

- Yo soy la moralidad (dijo la pared de la derecha)

- Estamos aquí para que comprendas que la vida es estructurada (dijo la otra pared)

- La vida esta hecha para vivirla, no soy capaz de aceptar de buenas a primeras tal carácter de autoridad. En mi vida el único rasgo de orden me lo doy yo. Ustedes son solo dos paredones y se han inclinado ante mí que estoy encadenado aquí abajo ¡Y no sé si lo advierten pero el paredón de enfrente se ha quedado estático y callado!

- No hace falta que el otro paredón te incremente terror, pequeño ser humano, porque yo soy la moralidad. Sus buenas costumbres, son mis buenas costumbres.

- Y yo soy sus ideas (dijo el paredón de la izquierda)

- ¡Tú no puedes ser sus ideas! Ese paredón debe tener ideas propias. Quizás puedas construirlas pero debe poder reformular y crear sus ideas y pensamientos.

- Pero no te olvides humano que yo soy su moral (la voz del paredón de la derecha era gris, portaba de unos agudos terroríficos, de una movilidad de baldosas intermedias que estrepita-van al más audaz). Y es fácil que reaccione como yo deseo, pues mis reglas son sociales, se encuentran por fuera del paredón pero internamente son muy fuertes y no hay fuerzas que se resistan porque ellos, son ellos, gracias a mí.

La mirada pesada del joven Camilo se perdió en un pequeño caracol que escapaba lentamente. Suspiró. El caracol incrementó su marcha. Camilo aflojó la musculatura de los brazos y relajo sus piernas. Los paredones se habían callado, solo se escuchaba un rose constante de ladrillos en el paredón de enfrente, parecía aterrorizado. Y por lo bajo, el suspiró de Camilo.

- He derribado a mil leones en combate. También a esos corpulentos bárbaros que nada les importa. Han suplicado por sus vidas. Pero hoy me han derrotado. Sólo tú puedes salvarme… juntos podremos contra la maldita moralidad y las falsas Ideas que acompañan. Reconstruyamos todo lo que nos rodea, hagámoslo verdadero, dejemos todo para renunciar a ser oprimidos. Mucho se han retorcido las sedas húmedas de las ciudades. Los seres están dejando de ser ellos para plantarse en la fila del rebaño ¡Habla maldita seas! Deja de templar. Libérame y tú serás libre.

- Yo soy tu otra mitad. La mitad alienada. (la voz era firme y dulce, su tonalidad encariñaba y al mismo tiempo ponía distancia) La que responde al contrato social. Soy tu temor, soy la fuerza que te falta, soy el lado que ocultas, que escondes, que entierras en el fondo de tú corazón para que nadie pueda apreciarlo. El sector débil. El rincón cobarde e influenciable, ése que envidia y ama lo material. Tú buscas algo prospero, y yo, prefiero no generar cambios. Tomar lo dado como verdadero, como verdad única e indiscutible, pero tú no estás dispuesto a cambiar. Dejé que me apreciaras por un año para que puedas darte cuenta que no hay forma de luchar contra un paredón, no es un humano, ustedes nos construyen y nosotros estabilizamos el dulce hogar, los comercios, todo. Porque tenemos una estructura fuerte y concisa. Lo siento…

En ese momento los paredones (moral e ideas) se fracturaron verticalmente, alcanzando la perfección triangular equilátera. Algunas piedras cayeron sobre el cuerpo de Camilo que yacía en el suelo con la cabeza gacha y sin fuerzas. Se acercaron y unieron sus puntas inferiores. Se inclinaron un poco más y formaron una cabaña amerindia. Las piedras seguían golpeando contra el cuerpo de Camilo pero él casi no lo sentía. El sonido en la unión, fue similar a una bomba caída del cielo.

Después fueron horas de silencio. Camilo cayó en un pesado sueño similar al desmayo. Cuando volvió a abrir los ojos, sintió un fuerte dolor en el pecho, miró sus piernas ensangrentadas y dijo por lo bajo: ¡Que esperas! Y todo seguía en silencio. El joven con una fuerza que no provenía de su cuerpo levantó la cabeza y miró en dirección a la pared de enfrente. Allí estaba. Como años atrás, temblorosa y en el mismo lugar.

Una explosión provino del suelo (el paredón de la derecha pareció moverse por sobre la cabeza de Camilo). La otra mitad del joven, la pared de enfrente, cubrió el aire con humo. Todo se volvió gris. Las retinas de Camilo lagrimaban. Y poco a poco, volvió a verse algo. Era el paredón de enfrente que había tomado una forma triangular perfecta, a primeras vistas. Las fuerzas que levantaban la cabeza de Camilo desaparecieron y el joven volvió a derrumbarse. El tembloroso paredón de enfrente comenzó a avanzar lentamente. Camilo cerró los ojos. Y el fatal estruendo piramidal que se esperaba, llegó. Camilo dio un salto por los aires pues la tierra se comprimió. Un joven tendido en el piso, encadenado, y en un total, y más oscuro silencio. Camilo abrió los ojos y vio aquella oscuridad, el aire estaba teñido de negro, y solo dijo: “Ya estaba muerto desde que ajustaron las cadenas”.

10 jun 2008

Quiero ser el hombre encantado

Quiero ser el hombre encantado, y cuando me encante por algo, jugarme la vida por obtenerlo.
Quiero ser el hombre encantado, y que sin rodeos, vos también te encantes, y que juntos salgamos a pasear por el campo.
Quiero ser TÚ hombre encantado, y que me encantes desde hoy hasta siempre.
Y que parte de nuestro encanto sea veneno, para que ambos agonicemos en un lecho. Seamos encantados y seamos pócimas para el otro, así salimos del letargo, así entramos al infierno.
Quiero caminar, volar, pensar como alguien encantado, y que por lo menos una vez al día encuentre la cura en tu veneno.
Y que nuevamente como cada segundo, solo me importe ser el hombre encantado porque encantarme, me encantan muchas cosas, pero personifico perfectamente a la mujer encantada…
en vos.

23 jul 2007

Eso que usted está buscando

¿Cuál es el valor de una sonrisa? ¿Donde se encuentra “La Alegría”? ¿Cuantos hombres pueden morir por una, una simple expresión? Nunca pude responder estas preguntas. Especialmente la primera, debo admitirlo, pues me retraen a “órdenes” numéricos, y no es por lo numérico que lo reprimo, Quizás sea porque nunca fui dúctil con ellos (y ahora si habló de lo numérico, o tal vez no) y en materias de elecciones prefiera la literatura. Quizás, también, puede ser que no lo reprima y que realmente no conozca la dimensión que ella ocupa en la vida de las personas. Un desconocimiento alejado de lo reprimido. Respecto a la segunda, nunca he tenido la dirección en mi poder. Una vez creo haberla visto en la palma de mi mano pero ya estoy demasiado viejo para reconocer unas simples rayas en medio de manos arrugadas, soy demasiadas, como un punto de fuga en paredes de rayas y suave piedra marina. Cuando me encontré en la puerta de la casa de “La Alegría” un señor llamado Isaías me informó que ya no se encontraba en su hogar. También me dijo: “hace años que no se encuentra aquí, ya no recuerdo cuantos, pero puedo asegurar que se fue con mi ex –mujer, ella me la robo”. Isaías era un hombre alto, de buen vestir, de barba crecida y la cara alargada como el pico de un tucán visto verticalmente. Aquel día vestía un traje gris de seda italiana. Lo primero que observe fueron sus zapatos porque al abrir la puerta estaba corroborando en mi mano si era la dirección correcta. Un chispazo de luz golpeo contra mis ojos y ahí estaba él (Quizás era un Dios). Le pregunté donde estaba “La Alegría” y abdujo que era muy largo de contar. Yo no estaba dispuesto a perder la oportunidad de encontrarla. No soportaba hacerme la idea de no poder apreciar su ensanchada figura. ¡Dicen que es gigante! Me dijo Isaías. Y al ver mi rostro desvalido se ofreció a contarme su historia, la vez en la que según él, le robaron “La Alegría”. “Hace muchos años estaba con eso que usted esta buscando, tenía una familia, una mujer, un trabajo estable, algunos que decían ser mis amigos y una esquina confortable en Montevideo y Av. Corrientes. El “pisito” de Montevideo lo llamaban. Pero eso fue hace mucho. Hoy en día aquí me vez, contando historias de mi vida a desconocidos ¡Pasa que tengo que tomar la pastilla para la de-presión!”. Pretendí corregirlo pero cuando lo intenté ya había entrado. Caminaba por un pasillo interno de paredes carcomidas, muchas de las baldosas estaban flojas pero él marchaba como si nada sucediera. Creo que siempre supo que lo seguiría. Entró en la segunda puerta a su derecha, al parecer había tres habitaciones más, si decidía continuar por el pasillo. En la parte superior de cada habitación había un número. El suyo era el “2”. No parecía muy amplio, al subir el único escalón golpeé contra ropa húmeda que colgaba de unos pequeños hilos gastados. Había una mesa de ajedrez y dos sillas a sus costados. Isaías me pidió que tomara asiento, mientras buscaba su medicamento en unas lacenas de color madera en lo que parecía ser una cocina. Cuatro puertas contando la de la salida. Una era la cocina (donde se encontraba el dueño de casa), detrás de la puerta de chapa seguramente estaba el baño y la que se encontraba a mis espaldas, con frazadas que pendían de un alambre, era su habitación. Solo me senté y observé el tablero de ajedrez, percibí que las piezas negras se encontraban en su totalidad y que las blancas solo tenían un caballo y el rey. Y dije, antes de ser interrumpido: ¡Ah éste tablero! “Les saque las piezas blancas porque no voy a ganar, además calculó que usted no es un buen jugador y que aceptó la partida de mero compromiso… En unas semanas de enero de 1991, estadísticamente el verano con mayor cantidad de lluvias de la historia argentina, sospeché del romance que mantenía mi mejor amigo con mi mujer. Aquella semana también había fallecido mi Madre en un accidente automovilístico, perdí mi trabajo y mi perro apareció misteriosamente muerto en la puerta de mi hogar. No aquí. Yo vivía muy lejos de éste lugar. Todo en una semana, en siete días, en ciento sesenta y ocho horas, diez mil ochenta minutos. ¡Juega!” (No sé que moví, solo deslice el brazo y seguí escuchando atentamente). “Trabajaba en una empresa de telefonía celular, los horarios eran estrictos y se corría el rumor de que, la falta a su puesto de trabajo, era causa de despido. Cosa que comprobé aquella semana. No había ido a trabajar porque presentía el engaño de mi supuesto amigo. Dos semanas seguidas había faltado a los partidos del jueves por la noche, ocasionalmente cuando organizábamos una salida entre amigotes él se ausentaba con la excusa más torpe y cuando teníamos asados de parejas. Ambos se comportaban extraños. Se notaba la culpa con la que cargaban cuando mis ojos inquisidores los observaba dialogando. Cuanta sonrisa falsa he encontrado en mi vida, tanta, tanta que sentí que ellos mismos querían ser descubiertos. Sabía muy bien que Jorge se iba por dos semanas a San Clemente con la esposa, también sabía muy bien que los pasajes eran para el día martes. También conocía la fecha del cumpleaños de su madre, y para ser honesto, lo tenía más presente que nunca porque hacía algunos días que había fallecido la mía. La Madre cumplía un domingo y el tenía pasajes para el Martes ¿Y el Lunes? Llamé a su esposa con la excusa de desearle un buen viaje y me comentó que ella se encontraba en el gimnasio y que después pasaría por la peluquería porque Jorge la quería ver linda para sus vacaciones. Hipócrita pensé. Aquel día creo que estuve seis horas sentado en el banco de una plaza. Supongo que tenía miedo de encontrarme con lo que me encontré. Todos somos temerosos ¡Usted señor debería buscar al miedo, y seguramente lo encuentra más sencillamente! Pero los miedos son muchos, es por ellos que nadie los busca, es más debo advertir que recién acabo de tirar uno cuando apreté el botón del inodoro. Pero usted busca algo imposible de encontrar. Sépalo. Aquel día, desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía estuve sentado en la plaza Dorrego. Esperando a un señor que decía ser detective privado. Siempre me pareció ridículo haberlo llamado, pues solo creía que existían en las películas, y que en la vida real habían desaparecido. Verdaderamente, aquel hombre no tenía cara de detective. Recuerdo que era gordo y media casi dos metros. Nunca había visto una pelada tan lustrada. Siempre sospeché que era un adicto a la rasuradora de cabello. Me había advertido que aquel día me pasaría a buscar en el horario en que se encuentren y que me llevaría hasta allí. Este señor, González de apellido, me cobraría una tarifa considerable en la que no incluía ninguna foto (ya que las investigaciones que incluían fotografía costaban casi el doble). O sea, yo nunca los había visto juntos. Está bien, lo sospechaba y éste desconocido señor González lo afirmaba. Pero no los había visto. Ya no recuerdo cuantas veces el señor González me pregunto si no llevaba un arma en mi poder (Creo que hasta me reviso). Y a partir de aquí… recuerdo éste momento todos los días”. Isaías se quedo callado, yo simulé mover una de las piezas pero el señor Isaías parecía no inmutarse. Tenía la mirada perdida. Podría haber intentado tocarlo, zamarrearlo un poco, para ver si reaccionaba. Pero supongo que hice exactamente lo que el esperaba que haga. Hice trampa en el juego y volví a mover una pieza y le dije: ¡Jaque! “Siempre lo recuerdo, siempre (continuó). Estacionamos de la mano opuesta a mi casa de la calle Malabia, el señor González me indicó la puerta de mi hogar ¡Es allí! Me dijo. Bajamos del auto, creo que me revisó nuevamente por si llevaba un arma y después séme acerco al oído y me dijo: ¡Hay muchas mujeres en este mundo, no se haga mala sangre! Di vuelta al automóvil, pues estaba del lado del acompañante (creo que nunca podría haber conducido hasta allí). Había un auto de origen alemán estacionado en la puerta, rojo fuego, impecable. Antes de cruzar por detrás de él empecé a sentir un olor nauseabundo, asqueroso, que ingresaba por mis fosas nasales, lentamente. Intenté taparme la nariz, pero de nada funcionó. Cuando me encontraba sobre la vereda, vi a mi perro desangrado sobre el árbol pegado al ventilete trasero del auto alemán. No había duda que ya estaba muerto. Pero que bestia humana puede hacerle eso a un perro. Me detuve un instante, lo mire fijamente, observe cada detalle de su muerte. Me sentí reflejado. Tenía la lengua fuera y totalmente ensangrentada, igual que el lomo, unas de sus patas parecía estar quebrada. Mi diagnostico fue “accidente automovilístico”. Si bien, en aquel momento pareció no afectarme, puedo asegurarle que hoy día es lo que más extraño en el mundo. “Seguí avanzando, en tres simple pasos, comencé a abrir lentamente el portón de mi casa. Desde ese lugar hasta la puerta de entrada había cinco pasos y medios, y un escalón, exactamente los mismos que hicimos hasta llegar aquí. Solo que la puerta de mi casa era blanca y ésta es negra. Abrí lentamente. Pensaba que a cada vuelta de la llave, a cada leve ruido, ellos reaccionarían y se esconderían. Pero no fue así, al abrir la puerta no había nadie. Atine a gritar el nombre de aquella mujer pero seguía en mi postura de investigador cauteloso. Cruce todo el comedor, sin hacer el más leve ruido, observé la cocina y nadie se encontraba allí. Lo que sí, había dos vasos que habían sido utilizados, en ellos había un poco de jugo de pomelo. Y un plato con algunas migajas de galletitas que había dejado después de un desayuno acelerado. Me acerqué muy mansamente a la habitación que compartía con aquella mujer. La puerta estaba entreabierta y solo se notaban los tobillos de ella, me detuve un instante, en ese momento sentí que habían pasado diez años de mi vida, tal vez si me detenía un poco más de tiempo (quizás) hubiera muerto. Pero no creo en refranes estupidos. Entre de golpe y allí estaban. Ella con sus manos en los muslos y él acariciando su cabellera. Ella mamándosela con aparente placer y el mirando el techo. Sabía con lo que me iba a encontrar. Estaba seguro de ello. Por eso lleve una cámara fotográfica para recordar ese momento, ¡Seguramente a usted señor le va a interesar ya que puede verse “a eso que usted esta buscando” escapando de aquel lugar! Las fotografías después las utilicé para notificarle lo sucedido a la esposa de éste señor (por llamarlo de alguna manera). ¿Sabe que? Le puedo asegurar que desde el momento en el que yo entré a la habitación hasta que ellos pararon de fornicar, pasaron tres segundos, los cuales los dedique a encuadrar bien la fotografía. Usted debe saber muy bien que la fotografía es una obra de arte. Muchas veces triste. Pero una obra de arte no tiene razón de ser jocosa. “Ella no solía chupármela cuando éramos ilusos novios por una cuestión de “salubridad” decía. Después de las fotografías, le dije a éste tipo las siguientes palabras: ¡Mira hijo de puta espero que desaparezcas de mi vida! ¡Y te juró que si te vuelvo a ver! ¡Sea donde sea! ¡Te juró, que te voy a dar tantas piñas que con un poco de suerte quizás llegues al hospital! ¡Y ahora tómatelas! ¡Si te vuelvo a ver te mato! ¡Escuchaste! ¡Te mato! Creo que por aquellos momentos, la señora ésta me tomaba del pecho pero no estoy totalmente seguro. Hace algunas semanas, creo que me cruce con éste tipo pero a pesar de lo que le había dicho preferí no darle importancia, porque sino, seguramente me encontraría con “eso que usted esta buscando” y verdaderamente, no tengo fuerzas. Con respecto a ella. No sabía que hacer. Estaba seguro de no querer perdonarla pero… que hacía… debía matarla mientras dormía, debía torturarla, condenarla a un mundo de sufrimiento (más aún) para que sienta un poco, tan solo un poco, de lo que sentía en aquel momento y hoy en día todavía…”. (En ese momento movió una pieza, respiró profundo y continuó hablando). “… pero no hice nada de ello, actué como un verdadero animal socializado y simplemente callé. No le volví a dirigir la palabra. Creo que fueron años. La verdad que no sé porque se quedó tanto tiempo a mi lado. Poco a poco fue pasando de ser todo a ser nada. ¡Usted se sorprendería mucho si tuviera conciencia de lo rápido que va aconteciendo! Supongo que eso que usted esta buscando es muy grande ¡gigantesca! como le dije hace un rato. Y usted comprenderá, es como todo, un banco no es fácil de robar. Se necesitan años de planificación. Pero ésta señora una vez se fue y entre gritos y quejas, solo le dije: ¡Me robaste!… (Parecía que nunca lo iba a decir)… ¡“La alegría”!. Y así fue señor, le toca jugar. (Me quede callado, inmóvil, para dejarlo terminar con una sola pregunta) ¿No desea Matarme? Solo moví el caballo, tiré su pieza sobre el tablero y me retiré. Creo que al salir del cuadro me dijo el número de patente del automóvil que transportó a su ex, hasta quien sabe donde, lo intenté memorizar pero un día se borro de mi cabeza. También pensé en volver a preguntarle, pero verdaderamente ese hombre me inspiró mucho temor. Tanto que nunca volví al barrio de barracas. Si hubiera tenido el valor. Creo que habría ido a ver la fotografía que decía tener de “eso que yo estaba buscando”. Ahora estoy viejo, mis viejas piernas a penas pueden caminar una cuadra hasta el almacén y una vez cada quince días las visitas al medico. A dos cuadras de mi hogar. Puedo asegurar que alguna que otra vez, pude haber tenido en mis manos a “La Alegria” pero fue muy efímera. De haber tenido la peripecia, supongo que se la habría acercado a Isaías si es que aún sigue con vida. No estoy del todo seguro acerca del hurto de “La Alegría” (aunque se alista entre las posibilidades) más bien, pienso que él mismo había destrozado “La Alegría”… su alegría. Y es obvio que aquellas personas ayudaron a que el cometa tal crimen. Pero cuantitativamente, no lo sé. Al comenzar el texto, me hice tres preguntas. Y creo que toda esta historia responde la tercera. O por lo menos en parte. Ahora en mi cabeza cuando me hago esa pregunta, una imagen invadirá mi memoria: la cara de Isaías.

11 feb 2007

El Discurso perfecto

Juan se sentía traumado, solo, triste, contento, apacible, enfurecido, golondrina, pétalo, y mucho más por supuesto. ¿Pues, de que se trata el trauma? Si no es de aquello. Sentado apreciaba a la doncella que tenia enfrente. La habitación estaba a oscuras. Todo negro. Apenas un televisor que cambiaba de imagen continuamente, iluminaba. Juan conocía el hospedaje, por ello sabia como moverse si tenía que descargar su furia entre malta y palabras perdidas. Quizás no lo pensó desde un primer momento pero al pasar los días estaba seguro que aquello era una secuencia vivida en un pasado no tan remoto. En la mesa que lo separaba de aquella mujer había algunas revistas, a lo lejos (en la punta menos divisible de la habitación), ellas recelaban historietas más reales de la que él vivía (Hoy, mañana, pasado). Muchos autores desplegaban sexo, sociedad y religión, entre pinceladas detallistas e incomprensibles a la vista. Ojeó algunas páginas pero instantáneamente volvió a colocarlas en el mismo lugar que se encontraban porque no era su historia, eran otras, de papel y Toner de buena calidad. Algunas cenizas cayeron sobre una de las tapas, no llegaron a prenderse fuego pero Juan quería que se hechicen, que ardan como la furia que contenía dentro de él, como la alegría, bella, las corrió con el más suave movimiento y continuo la charla que venia llevando. Dos metros cincuenta de altura, poco menos de cinco metros de largo y tres metros cincuenta y tres de ancho. En una esquina, la más cercana a la ventana, estaba el televisor y en la esquina contraria con siete kilogramos, más de quince años y no más de cuatro peleas ganadas (de arrabal porte) se encontraba la computadora de corto reaccionar. Detrás de Juan había una biblioteca, la cual pudo divisar en otras oportunidades (¡Media isla cubana estaba allí!) pero enfrente estaba la puerta que daba a la cocina (pequeña, extensa y acorde de longitud) que en varias oportunidades tuvo que atravesar o sólo ingresar para abrir el refrigerador sin orden de su dueña. Cuanto hospedaje, cuanto sin sentido. La charla continuaba. Cinco sillas, dos por lado y una en la cabecera, por supuesto dándole la espalda a la vieja computadora. Escuchó muchos reproches pero Juan tenía la habilidad de disuadir los problemas con buenas invitaciones. Del otro lado de la mesa corrían lagrimas, levemente caían por los pómulos rojizos. Dos o tres cayeron sobre la mesa que oscureció (más aún) la habitación. Horriblemente hermosa se encontraba con sus lentes firmes y su pelo lacio que apenas cubría sus hombros. Ella corrió al baño a ponerse bella. No tenía en cuenta que ya lo era y que ningún rubor podía superar esa tez limpia, fina y suave. Juan en ese momento no se movió, no dijo ni una palabra, prefirió bajar su cabeza y respirar profundamente. Silenciar como el bosque que se aprecia desde la terraza de un departamento urbano. Pensó en tomar un libro de la biblioteca y recitar alguna frase al azar pero no tenía fuerzas para levantar su gordo trasero. Espero a la muchacha, sentado, en la misma posición y simulando que miraba la pantalla. Nunca pudo recordar lo que miraba, auque se lo preguntó repetidas veces en el trascurso de la noche, pues en realidad estaba en un mundo paralelo, donde las mariposas vuelan libres y los pastos tapan las rodillas. La muchacha al volver del baño cargó su vaso. Y miró a Juan como se prendía un cigarrillo. Ambos callaron por unos minutos y solamente se observaron. Para Juan fueron horas de silencio aunque solo habían pasado tres minutos con cuarenta segundos. Ella ya no lo observaba. Fue allí cuando Juan se dio cuenta que el volumen leve del televisor había desaparecido y que un radio grabador que se encontraba al costado del aparato visual sonaba un poco más fuerte, supuso que siempre estuvo prendido pero que no se había dado cuenta, ni siquiera que se encontrara allí. Era música brasilera. No llegaba a ser alguna zamba típica pero el candombe portugués es fácilmente reconocible. Juan seguía callado mientras la muchacha le hacía referencia a algo que se divisaba en la tele-pantalla. Hasta que de pronto ella propuso algo que Juan no esperaba ¿Fumas? –Dijo la doncella – Y Juan contesto afirmativamente. La preciosura volvió a desaparecer, esta vez no había ido al baño aunque se había dirigido en la misma dirección. Juan sonrió. Estaba sorprendido que “el mal” del cual deseaba alejarse apareciera allí. En el pasado estaba seguro que aquello nunca le hubiera sucedido. Quizás era la maldición del abandono, aquella que exige acariciar en despedidas hasta que la sangre diga basta, esa que es tan áspera, cruel y hermosa al mismo tiempo. La muchacha volvió con el pedacito de una bolsa que arropaba un contenido saboreado. Fregó sus partes. Todo su contorno. Y el contenido fue directo hacía las sabanas de los magnates. Con su lengua beso la parte correspondiente. Y con sus pequeños dedos (pulgar e índice) levantó su construcción. Juan solo miraba, callado, pero no-sorprendido por aquellas habilidades. Era la primera vez que estaba con ella en esas circunstancias y sabía muy bien que iba a ser la última. Fueron hasta el balcón. Y entre pitada y pitada (y patada también) continuo la charla. Calesitas empetro-ladas, pitada, valeros atómicos, pitada, cartas tercer-mundistas, pitada. Se conocieron un poco más. Ambos hablaron del pasado. De aquello que todavía latía, pitada, de alguna forma, pitada, y de lo que no también. Construyeron marines, destruyeron ideas, bifurcaron situaciones. Y volvieron a entrar. Juan se reposo en el mismo lugar que estaba sentado. Ella también. Enfrentados. Pero apenas Juan se apoyo, sintió algo extraño. No logró reconocer que era lo que le sucedía y por eso mismo fue en busca de una cerveza que esperaba helada en el congelador. Se sirvió rápidamente y olvido que nunca le había gustado la espuma de la cerveza. Le sirvió a ella que ya no era la misma ¡Si, ya no era la misma! Su cuerpo se había entumecido, sus ojos cayeron en un pozo (el pozo de los parpados pesados) y su mirada se perdía en la biblioteca que estaba a las espaldas de Juan. Pero solo era por momentos, segundos, ya que instantes más tarde inclinaba su cabeza para apreciar el televisor inamovible. Sus brazos eran esqueléticos ¿Cómo Juan no se había dado cuenta de ello antes? Es que ella era diferente. Juan con mucha suavidad fue hasta el baño. Triste. Se lavó la cara y se quedo mirando su reflejo en el espejo. Tenía ganas de pestañar y aparecer en su casa. Prepararse un té bien caliente e irse a dormir. Pero desde algún punto se sentía apresado a la belleza de aquella muchacha. Mucho mal había injuriado en su momento y la señorita lo había llevado en sus hombros con el coraje de una mujer con todas las letras. La había traicionado y pensaba en hacerlo nuevamente. Pero al volver a la mesa y al mirarla a los ojos su forma le dio miedo. Alucinó que unas preciosas alas de fuego le crecían por sus espaldas, cual fénix, que sus facciones se habían perfeccionado o sobre saltado mejor dicho, quizás como las revistas que solía leer ¡Eran ellas! Pensó Juan, había que deshacerse de aquellos dibujos “Metropolitanos”. De golpe, ella con sus alas de fuego, comenzó a hablar de la educación pública. Era residente. Dos largas horas, destacando que la elección de los jóvenes no es apropiada, que su educación estaba regida en condiciones prodigiosas y quizás nadie podía darse cuenta de la necesidad de ella. “Como almas tan luchadoras hacen caso omiso y toman la educación como un juego de muñecas. ¡La instrucción lo es todo!” (dijo) Se levantó, golpeo la mesa con fuerza y miro hacía el infinito. Juan tembló, y no contradiciendo (pues estaba de acuerdo) levanto su copa y brindo por ello. Pero muy dentro de él todavía deseaba abandonarla. Temía, sudaba, temblaban las piernas que intentaba detener con sus manos pequeñas. Y la muchacha se había quedado inmóvil. Con la copa en lo alto pero con los ojos cerrados y balbuceando el deber de las personas. Juan sabía que nunca podría escapar de allí, que amaba demasiado a aquella loca muchacha y que su deber era terminar con la vida de algunos de los dos. La dama seguía en lo alto: “… es pública, el acceso es hacía todas las personas de este bello país pero cada día me sigo dando cuenta que parece no importarles. Algunos siguen dando parciales solamente para “safar”, van en busca de un papel que de nada les servirá si no tienen un conocimiento basto, otros abandonan la posibilidad de una buena instrucción y se pierden en las calles, complacidos y siempre al azar e la vida… ¿Porque no se dan cuenta? Uno tiene que hacer lo que tiene que hacer pero ello conlleva una responsabilidad. Si cada persona tiene en cuenta ello, podremos crecer, no sigamos engañándonos… somos débiles (dio un sorbo) sino… tu ahora podrás demostrarme que no lo eres… vamos hazlo… si es por ello que has venido aquí… para comprender que la educación es todo, y es por ella que estoy dispuesta a dar la vida y quien se atreva a traicionarme debe tener más fuerzas que yo y debe hacer lo que su alma está pidiendo a gritos… liberarse… ahora discúlpame debo ir al baño”. Juan, mientras ella no estaba, saco el arma que guardaba en la cintura ¡Vine a matarte porque sabes demasiado, lo que para ti es educación para mi es información barata que nunca tendré en mis manos y la verdad que no me importan esos papeles que incriminan a altos funcionarios de la nación y que tu te has robado!¡Sabes muy bien que soy un simple analfabeto!¡También sabes que te amo!¡Sabes lo que he venido a hacer!¡También, sabes que no soy capaz!¡No se lo que harás con ellos ni me importa!¡Solo se que no podría terminar con tu vida porque te temo!¡Eres la mejor amante que he tenido en años y eso que estar cerca del poder te rodea de las mejores prostitutas del país!¡Quizás lo mas triste de todo esto es que no podré volver a verte!¡Debo admitir que he venido hasta aquí a amarte por ultima vez pero ahora mismo no se siquiera si me lo merezco!¡Mujer, a pesar de mi ignorancia he comprendido que sin una buena educación no eres nada en este mundo triste, que mi licenciatura falsificada no me convierte en un magnánimo aunque así me llamen algunos!¡He comprendido que, también, guardas una imagen justa que no me has querido transferir!¡Has puesto en duda mi deber de la forma mas sutil pero lo he comprendido! ¡Pero has hablado de deber y es ello lo que no puedo evitar! ¡Y a decir verdad, sé muy bien que no podré cargar con la culpa! Y se escuchó un disparo, mientras la muchacha empolvaba su nariz.

2 jul 2006

La esquina de los mil rompimientos

Mi abuela alguna vez me lo advirtió. Al oeste de la capital federal de Buenos Aires (Argentina), hay un barrio muy pequeño, del cual, muy pocos conocen la leyenda de "la esquina de los mil rompimientos". Algunos conocedores del tema como el doctor en ciencias ocultas Augusto Przepiorka, analizan la leyenda y afirman que “ésta comenzó con el dueño de aquellas propiedades, a principios del mil ochocientos”. El señor Don Francisco Ramos Mexía, casado con Doña María Antonia Segurota. Don Francisco después cambiaria su apellido a Ramos Mejía, ya que según la costumbre de la época los apellidos con X eran conformados por judíos conversos. María Antonia Segurota recibió catorce hectáreas y Don Francisco las repartió entre sus trece descendientes. Este es un punto importante de la historia, según nos cuenta la doctora Irma Cohen: “En la biblioteca nacional de la republica se pueden encontrar textos privados de Don Francisco, en donde además del negociado visible de la época se puede advertir el hincapié de los trece hijos. En medio de la cruenta lucha entre Unitarios y Federales, en el año 1829 tras su derrota en Puente Marquez, el General Lavalle se dirige en retirada y acampa en la chacra de los Tapiales, huésped de la familia Ramos Mejía. Además, hay declaraciones fehacientes donde se afirma que la numeración no es casualidad alguna, sino una invocación al demonio con la propia sangre, en la descendencia misma. Esto también se puede observar, más adelante, en la educación que con la que se criaron estos niños. Más destacadamente en el caso de Hermógenes Ramos Mejia, considerado el responsable del primer cisma religioso del país. Después del enfrentamiento con el Padre Castañeda, fue confinado el casco de su chacra donde falleció, dejando a su esposa.” ¿Dónde estaba ubicada aquella chacra? Curiosamente, el acceso más rápido con la capital era la carretera conocida como “el camino Real” (Vendría a ser hoy día, Av. Rivadavia.). Algunos afirman que los Ramos Mejía hacían grandes travesías para no pasar por allí. Quizás por ese motivo en 1858 donan algunas tierras (cuatro manzanas) para que se construya el primer ferrocarril de la zona (así como edificios públicos) primeramente llamado “Paraje San Martín”. Pero sin querer alejarnos del tema, exactamente es por estos años donde comienza la leyenda. Dicen que don Francisco afligido por la muerte de Hermógenes, su décimo tercer hijo, decide instalarse en la chacra donde falleció. Muy viejo, con los huesos dolientes y principio de Poliomielitis, una noche manda a llamar a su esposa y la mata ferozmente con trece puñaladas. El hecho no sería difundido y las autoridades harían responsable a un indio de la zona. Así como también de la muerte de la viuda de Hermógenes trece días después del asesinato de Doña María Antonia Segurota. Don Gregorio, antes de su muerte, le sede algunas tierras a una de las estirpes de mayor rango de la época “la familia Martínez de Oz”. Augusto Przepiorka, nos dice: “Es uno de los casos más extraños de la historia Argentina, una mujer tan importante como lo era Doña María Antonia Segurota fallece y nadie se entera. A los pocos días, también asesinan a la nuera, de la misma manera y exactamente en el mismo lugar donde murió su esposo Hermógenes. Tres asesinatos encubiertos. Y un nuevo vecino, que casualmente es uno de los hombres más poderosos de la época. También es para tener en cuenta, la desaparición del cuerpo de Don Francisco. Algunos dicen que los indios se llevaron su cuerpo al desierto, otros dicen que sus propios hijos lo sepultaron en el lugar de sus asesinatos pero eso nunca se sabrá porque los indios serían asesinados y sus hijos nunca hablarían del tema”. Lo demás descendientes de Don Gregorio optaron por dejar aquella hectárea vacía (quizás para preservar su cuerpo) sin nadie que la habite, las tierras dejaron de ser fértiles rápidamente, la chacra se caía a pedazos, las carretas se desgastaban (el sol las corroía y la lluvia pudría su madera) pero se comenta que la última gota de sangre desapareció recién en 1900, poco menos de cuarenta años después de los asesinatos. También se comenta que amantes de los Martínez de Oz fallecieron en el mismo lugar, así como campesinas de la zona, pero eso nunca se pudo comprobar. Con el pasar del tiempo, ya sin marcas en la tierra, las muertes fueron desapareciendo. La creencia demoníaca de Don Francisco curiosamente se disgregó. Muy cerca del lugar se construyo una Iglesia y un colegio pupilo, allí se enseñaba polo, equitación, natación y danzas clásicas. Y un letrado en varios idiomas como el francés, latín e italiano. Con el pasar del tiempo también se enseñó Ingles y su nombre cambió, pasándose a llamar “WARD: Institución educativa de las iglesias evangélicas metodistas y de los discípulos de Cristo” (después de la segunda guerra mundial). Hoy en día, por el mismo lugar cruzan dos calles: Suiza y Fred Aden, el asfalto (colocado en 1916 y reformado por cada intendente que se postula) tiene tantas marcas como la piel de un leopardo, el caparazón de una tortuga nace desde el centro y las huellas cruzan, cortan y raspan. Cada automóvil que pasa por allí tiene que detener su marcha de tal modo que en algunos casos tienen que volver a prender el motor. La zona está vacía, algunas casas bajas la rodean, el colegio Ward luce sus campos deportivos, los pinos acarician el cielo y cosquillean las nubes, en la esquina se vislumbra la cúpula de una iglesia, y si se tiene buena visión a siete cuadras se puede ver otra iglesia (del otro lado del colegio). Y en medio de todo ello, las marcas en el suelo del señor Ramos Mejía. Cuenta la leyenda que desde mil novecientos, las parejas terminaban sus relaciones allí. Sabiendo del amor que tenían los Ramos Mejía hacía sus mujeres, sabiendo que en aquel lugar se derramo sangre por amor y la tierra consumió el penar, el sufrimiento, la ausencia, la soledad. Es así como montones de mujeres, llevaban a sus noviecitos hasta aquel lugar sólo para terminar de verlos, para abandonarlos. De ésta manera las mujeres le aseguraban a sus “pasados” hombres, la ausencia de ausencia, librándolos del recuerdo, de los buenos momentos vividos junto a ellas. Algunos dicen que esto es amor verdadero, otros prefieren sufrir para olvidar. La leyenda continua con la frase de un indígena, criado de los Ramos Mejía, y conocedor del tema “Un día escuche hablar al señor sobre “el lugar deseado”, le comentaba al señor Martínez de OZ que un ritual era necesario para que el suelo absorba las penas de los humanos pero que el hombre numero mil sería castigado con la pena de sus antepasados y el peor castigo que uno se pueda imaginar… el deseo chispeante y latente”. Como dije en un principio (quizás por eso tanto me importa ésta leyenda, quizás por ello he decidido publicarla, quizás por ello tantos conocedores están a mi alcance) mi abuela me lo advirtió.

5 jun 2006

El cofre de las ilusiones

Aquel día Pablo Matías Muaiño se levantó muy temprano para ir al trabajo. Acostumbrado a desayunar, por el camino se compró unas galletitas saladas. Sabía que en su escritorio lo esperaba el termo y el mate por calentar. Y seis horas de atención personalizada (telefónicamente). Pablo siempre hacía el mismo recorrido. No podía evitar pasar por Av. Scalabrini Ortiz y Córdoba, allí había una pequeña panadería que bañaba la vereda con su perfume. Una rejilla pegada al zócalo gastado, le hacía cerrar los ojos y levantar levemente la nariz. Aquella mañana después de pasar por la panadería, una mujer que veía ocasionalmente, lo llamó por teléfono para reclamar su presencia. Hacía como dos meses que no se veían. Después de haber compartido muchos buenos momentos juntos. Ese ocasionalmente, ya no era tal. Pablo Matías no estaba de humor aquella mañana porque al pasar por la panadería se dio cuenta que estaba en los primeros días del mes y no llevaba plata en su billetera, y como si esto fuera poco, al cerrar los ojos, una señora lo llevo por delante machucándole el dedo meñique. Muaiño no le hizo caso a la señorita del teléfono, prefirió cortar la comunicación y seguir caminando al compás del viento que golpeaba su cara sin despertar. A la hora del almuerzo, sus manos empezaron a transpirar. Bajó su cabeza y recordó. No era la bella sonrisa de la muchacha que avivaba en él su ternura retraída, tampoco eran los labios que tan dulcemente besaba en un tiempo de dos por cuatro, mucho menos eran los pómulos firmes, ni el pelo azabache y crepuscular, ni su seños pequeños, ni su piel con olor a miel. No era ella. Era el cofre.

A los dieciocho años de edad, un vendedor de una casa de antigüedades de la calle defensa, le vendió un cofre misterioso. De unos cuarenta centímetros de largo y veinte de ancho. Cubierto de un cuero derrochado de color marrón y algunas decoraciones en oro de plata que formaban imágenes perdidas de rosas sombrías. Cada pétalo se marcaba a la perfección y en el centro de cada rosa había un rubí precioso, rojo fuego. El baúl estaba escondido entre montones de arañas, cuadros, sombreros, facas y centros de mesa. El vendedor le afirmó que cada posible comprador primeramente tenía que conocer las consecuencias y responsabilidades de éste. Comentó que dentro de él, se guardaba el bulto de muchas almas en pena y que cada una de ellas representaba una ilusión. La más estricta de todas las almas que se sepultaban en el cofre era la de “Dorotea”. Una dama de los años treinta que fue abandonada por su esposo, un gangster que traficaba whisky para un alto funcionario de la época. Dorotea lo esperó muchos años sentada en el regazo de su lecho, mirando la ventana que daba al puerto. Alguna que otra vez, sospechó verlo bajar de un barco pero nunca golpearon su puerta y falleció de inanición en su habitación oscura y solitaría. Se dice que ella era la dueña del cofre y juró regresar cada vez que un amante se sienta sólo. Otras de las almas en pena era la de “Ruperto” un bailarín homosexual que frecuentaba un boliche de San Telmo. Se cuenta que un hombre golpeó su corazón a la mitad de “malevaje” pero después de aquella noche nunca más lo volvió a ver. Ruperto frecuentó el boliche por años, noche tras noche, petaca tras petaca, compás tras compás, línea tras línea, pero fue en vano, él nunca regreso. El dueño del local que le contaba estas historias a Pablo Matías Muaiño, se fue poniendo cada vez mas enérgico. Y afirmó:

  • "Te puedo vender el cofre a un preció que este a tu alcance, pero las responsabilidades a las que hice referencia desde un principio se deben a algo mucho mayor. Según la leyenda, la persona que sea propietaria del cofre debe abrirlo cuando sienta que es tiempo de compartir la vida con una persona. Sólo allí. Sus beneficios serán muchos, dinero, fama, poder, y sobre todo, amor verdadero. Se dice que esto está asegurado pero si el dueño se llega a equivocar de amor. Será tragado por el cofre y se convertirá también en un alma en pena, encerrada dentro de él, por siempre… A pesar de todo esto ¿se lo lleva o no siente que pueda ser capaz?"

Pablo llamo un remis y se llevo el cofre a su casa. Lo Acomodó en un rincón del departamento y lo abrió, para saber que era lo que podía pasar. En aquel momento, nada sucedió. Pablo guardo algunas fotos de su infancia, algunas baratijas y lo dejó abierto. Con el tiempo se olvido del cofre, pensó que la sugestión del vendedor era típica de un mercader con pocos compradores, dispuesto a inventar historias para pasar el tiempo. Pero desde el abandono mañanero de la muchacha que en algún momento lleno su corazón, Pablo se sintió diferente, extraño. Terminó sus horas de trabajo y regreso rápidamente a su casa. El cofre estaba abierto, y las fotos que había guardado allí, estaban llenas de sangre. Se dice que nadie volvió a verlo. Simplemente desapareció. Y según algunos conocedores del tema, el cofre sigue esperando en algún local de antigüedades del viejo barrio de San Telmo.