Bienvenidos

No soy el músculo, que segundo a segundo, mueve una barra pesadisima para dar un golpe mas violento. No soy el bailarín que con movimientos sutiles, seduce a las muchachas en alguna pista de baile. No soy un mesias, no soy un empresario acorbatado, ni un dictador asesino. Tampoco sé si soy. Solo sé que escribo.

Este soy yo

Mi foto
Capital Federal, Buenos Aires, Argentina
De buen porte y correcto. ¡Cuando no digo nada, digo mucho, y cuando digo mucho... digo mucho.

23 jul 2007

Eso que usted está buscando

¿Cuál es el valor de una sonrisa? ¿Donde se encuentra “La Alegría”? ¿Cuantos hombres pueden morir por una, una simple expresión? Nunca pude responder estas preguntas. Especialmente la primera, debo admitirlo, pues me retraen a “órdenes” numéricos, y no es por lo numérico que lo reprimo, Quizás sea porque nunca fui dúctil con ellos (y ahora si habló de lo numérico, o tal vez no) y en materias de elecciones prefiera la literatura. Quizás, también, puede ser que no lo reprima y que realmente no conozca la dimensión que ella ocupa en la vida de las personas. Un desconocimiento alejado de lo reprimido. Respecto a la segunda, nunca he tenido la dirección en mi poder. Una vez creo haberla visto en la palma de mi mano pero ya estoy demasiado viejo para reconocer unas simples rayas en medio de manos arrugadas, soy demasiadas, como un punto de fuga en paredes de rayas y suave piedra marina. Cuando me encontré en la puerta de la casa de “La Alegría” un señor llamado Isaías me informó que ya no se encontraba en su hogar. También me dijo: “hace años que no se encuentra aquí, ya no recuerdo cuantos, pero puedo asegurar que se fue con mi ex –mujer, ella me la robo”. Isaías era un hombre alto, de buen vestir, de barba crecida y la cara alargada como el pico de un tucán visto verticalmente. Aquel día vestía un traje gris de seda italiana. Lo primero que observe fueron sus zapatos porque al abrir la puerta estaba corroborando en mi mano si era la dirección correcta. Un chispazo de luz golpeo contra mis ojos y ahí estaba él (Quizás era un Dios). Le pregunté donde estaba “La Alegría” y abdujo que era muy largo de contar. Yo no estaba dispuesto a perder la oportunidad de encontrarla. No soportaba hacerme la idea de no poder apreciar su ensanchada figura. ¡Dicen que es gigante! Me dijo Isaías. Y al ver mi rostro desvalido se ofreció a contarme su historia, la vez en la que según él, le robaron “La Alegría”. “Hace muchos años estaba con eso que usted esta buscando, tenía una familia, una mujer, un trabajo estable, algunos que decían ser mis amigos y una esquina confortable en Montevideo y Av. Corrientes. El “pisito” de Montevideo lo llamaban. Pero eso fue hace mucho. Hoy en día aquí me vez, contando historias de mi vida a desconocidos ¡Pasa que tengo que tomar la pastilla para la de-presión!”. Pretendí corregirlo pero cuando lo intenté ya había entrado. Caminaba por un pasillo interno de paredes carcomidas, muchas de las baldosas estaban flojas pero él marchaba como si nada sucediera. Creo que siempre supo que lo seguiría. Entró en la segunda puerta a su derecha, al parecer había tres habitaciones más, si decidía continuar por el pasillo. En la parte superior de cada habitación había un número. El suyo era el “2”. No parecía muy amplio, al subir el único escalón golpeé contra ropa húmeda que colgaba de unos pequeños hilos gastados. Había una mesa de ajedrez y dos sillas a sus costados. Isaías me pidió que tomara asiento, mientras buscaba su medicamento en unas lacenas de color madera en lo que parecía ser una cocina. Cuatro puertas contando la de la salida. Una era la cocina (donde se encontraba el dueño de casa), detrás de la puerta de chapa seguramente estaba el baño y la que se encontraba a mis espaldas, con frazadas que pendían de un alambre, era su habitación. Solo me senté y observé el tablero de ajedrez, percibí que las piezas negras se encontraban en su totalidad y que las blancas solo tenían un caballo y el rey. Y dije, antes de ser interrumpido: ¡Ah éste tablero! “Les saque las piezas blancas porque no voy a ganar, además calculó que usted no es un buen jugador y que aceptó la partida de mero compromiso… En unas semanas de enero de 1991, estadísticamente el verano con mayor cantidad de lluvias de la historia argentina, sospeché del romance que mantenía mi mejor amigo con mi mujer. Aquella semana también había fallecido mi Madre en un accidente automovilístico, perdí mi trabajo y mi perro apareció misteriosamente muerto en la puerta de mi hogar. No aquí. Yo vivía muy lejos de éste lugar. Todo en una semana, en siete días, en ciento sesenta y ocho horas, diez mil ochenta minutos. ¡Juega!” (No sé que moví, solo deslice el brazo y seguí escuchando atentamente). “Trabajaba en una empresa de telefonía celular, los horarios eran estrictos y se corría el rumor de que, la falta a su puesto de trabajo, era causa de despido. Cosa que comprobé aquella semana. No había ido a trabajar porque presentía el engaño de mi supuesto amigo. Dos semanas seguidas había faltado a los partidos del jueves por la noche, ocasionalmente cuando organizábamos una salida entre amigotes él se ausentaba con la excusa más torpe y cuando teníamos asados de parejas. Ambos se comportaban extraños. Se notaba la culpa con la que cargaban cuando mis ojos inquisidores los observaba dialogando. Cuanta sonrisa falsa he encontrado en mi vida, tanta, tanta que sentí que ellos mismos querían ser descubiertos. Sabía muy bien que Jorge se iba por dos semanas a San Clemente con la esposa, también sabía muy bien que los pasajes eran para el día martes. También conocía la fecha del cumpleaños de su madre, y para ser honesto, lo tenía más presente que nunca porque hacía algunos días que había fallecido la mía. La Madre cumplía un domingo y el tenía pasajes para el Martes ¿Y el Lunes? Llamé a su esposa con la excusa de desearle un buen viaje y me comentó que ella se encontraba en el gimnasio y que después pasaría por la peluquería porque Jorge la quería ver linda para sus vacaciones. Hipócrita pensé. Aquel día creo que estuve seis horas sentado en el banco de una plaza. Supongo que tenía miedo de encontrarme con lo que me encontré. Todos somos temerosos ¡Usted señor debería buscar al miedo, y seguramente lo encuentra más sencillamente! Pero los miedos son muchos, es por ellos que nadie los busca, es más debo advertir que recién acabo de tirar uno cuando apreté el botón del inodoro. Pero usted busca algo imposible de encontrar. Sépalo. Aquel día, desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía estuve sentado en la plaza Dorrego. Esperando a un señor que decía ser detective privado. Siempre me pareció ridículo haberlo llamado, pues solo creía que existían en las películas, y que en la vida real habían desaparecido. Verdaderamente, aquel hombre no tenía cara de detective. Recuerdo que era gordo y media casi dos metros. Nunca había visto una pelada tan lustrada. Siempre sospeché que era un adicto a la rasuradora de cabello. Me había advertido que aquel día me pasaría a buscar en el horario en que se encuentren y que me llevaría hasta allí. Este señor, González de apellido, me cobraría una tarifa considerable en la que no incluía ninguna foto (ya que las investigaciones que incluían fotografía costaban casi el doble). O sea, yo nunca los había visto juntos. Está bien, lo sospechaba y éste desconocido señor González lo afirmaba. Pero no los había visto. Ya no recuerdo cuantas veces el señor González me pregunto si no llevaba un arma en mi poder (Creo que hasta me reviso). Y a partir de aquí… recuerdo éste momento todos los días”. Isaías se quedo callado, yo simulé mover una de las piezas pero el señor Isaías parecía no inmutarse. Tenía la mirada perdida. Podría haber intentado tocarlo, zamarrearlo un poco, para ver si reaccionaba. Pero supongo que hice exactamente lo que el esperaba que haga. Hice trampa en el juego y volví a mover una pieza y le dije: ¡Jaque! “Siempre lo recuerdo, siempre (continuó). Estacionamos de la mano opuesta a mi casa de la calle Malabia, el señor González me indicó la puerta de mi hogar ¡Es allí! Me dijo. Bajamos del auto, creo que me revisó nuevamente por si llevaba un arma y después séme acerco al oído y me dijo: ¡Hay muchas mujeres en este mundo, no se haga mala sangre! Di vuelta al automóvil, pues estaba del lado del acompañante (creo que nunca podría haber conducido hasta allí). Había un auto de origen alemán estacionado en la puerta, rojo fuego, impecable. Antes de cruzar por detrás de él empecé a sentir un olor nauseabundo, asqueroso, que ingresaba por mis fosas nasales, lentamente. Intenté taparme la nariz, pero de nada funcionó. Cuando me encontraba sobre la vereda, vi a mi perro desangrado sobre el árbol pegado al ventilete trasero del auto alemán. No había duda que ya estaba muerto. Pero que bestia humana puede hacerle eso a un perro. Me detuve un instante, lo mire fijamente, observe cada detalle de su muerte. Me sentí reflejado. Tenía la lengua fuera y totalmente ensangrentada, igual que el lomo, unas de sus patas parecía estar quebrada. Mi diagnostico fue “accidente automovilístico”. Si bien, en aquel momento pareció no afectarme, puedo asegurarle que hoy día es lo que más extraño en el mundo. “Seguí avanzando, en tres simple pasos, comencé a abrir lentamente el portón de mi casa. Desde ese lugar hasta la puerta de entrada había cinco pasos y medios, y un escalón, exactamente los mismos que hicimos hasta llegar aquí. Solo que la puerta de mi casa era blanca y ésta es negra. Abrí lentamente. Pensaba que a cada vuelta de la llave, a cada leve ruido, ellos reaccionarían y se esconderían. Pero no fue así, al abrir la puerta no había nadie. Atine a gritar el nombre de aquella mujer pero seguía en mi postura de investigador cauteloso. Cruce todo el comedor, sin hacer el más leve ruido, observé la cocina y nadie se encontraba allí. Lo que sí, había dos vasos que habían sido utilizados, en ellos había un poco de jugo de pomelo. Y un plato con algunas migajas de galletitas que había dejado después de un desayuno acelerado. Me acerqué muy mansamente a la habitación que compartía con aquella mujer. La puerta estaba entreabierta y solo se notaban los tobillos de ella, me detuve un instante, en ese momento sentí que habían pasado diez años de mi vida, tal vez si me detenía un poco más de tiempo (quizás) hubiera muerto. Pero no creo en refranes estupidos. Entre de golpe y allí estaban. Ella con sus manos en los muslos y él acariciando su cabellera. Ella mamándosela con aparente placer y el mirando el techo. Sabía con lo que me iba a encontrar. Estaba seguro de ello. Por eso lleve una cámara fotográfica para recordar ese momento, ¡Seguramente a usted señor le va a interesar ya que puede verse “a eso que usted esta buscando” escapando de aquel lugar! Las fotografías después las utilicé para notificarle lo sucedido a la esposa de éste señor (por llamarlo de alguna manera). ¿Sabe que? Le puedo asegurar que desde el momento en el que yo entré a la habitación hasta que ellos pararon de fornicar, pasaron tres segundos, los cuales los dedique a encuadrar bien la fotografía. Usted debe saber muy bien que la fotografía es una obra de arte. Muchas veces triste. Pero una obra de arte no tiene razón de ser jocosa. “Ella no solía chupármela cuando éramos ilusos novios por una cuestión de “salubridad” decía. Después de las fotografías, le dije a éste tipo las siguientes palabras: ¡Mira hijo de puta espero que desaparezcas de mi vida! ¡Y te juró que si te vuelvo a ver! ¡Sea donde sea! ¡Te juró, que te voy a dar tantas piñas que con un poco de suerte quizás llegues al hospital! ¡Y ahora tómatelas! ¡Si te vuelvo a ver te mato! ¡Escuchaste! ¡Te mato! Creo que por aquellos momentos, la señora ésta me tomaba del pecho pero no estoy totalmente seguro. Hace algunas semanas, creo que me cruce con éste tipo pero a pesar de lo que le había dicho preferí no darle importancia, porque sino, seguramente me encontraría con “eso que usted esta buscando” y verdaderamente, no tengo fuerzas. Con respecto a ella. No sabía que hacer. Estaba seguro de no querer perdonarla pero… que hacía… debía matarla mientras dormía, debía torturarla, condenarla a un mundo de sufrimiento (más aún) para que sienta un poco, tan solo un poco, de lo que sentía en aquel momento y hoy en día todavía…”. (En ese momento movió una pieza, respiró profundo y continuó hablando). “… pero no hice nada de ello, actué como un verdadero animal socializado y simplemente callé. No le volví a dirigir la palabra. Creo que fueron años. La verdad que no sé porque se quedó tanto tiempo a mi lado. Poco a poco fue pasando de ser todo a ser nada. ¡Usted se sorprendería mucho si tuviera conciencia de lo rápido que va aconteciendo! Supongo que eso que usted esta buscando es muy grande ¡gigantesca! como le dije hace un rato. Y usted comprenderá, es como todo, un banco no es fácil de robar. Se necesitan años de planificación. Pero ésta señora una vez se fue y entre gritos y quejas, solo le dije: ¡Me robaste!… (Parecía que nunca lo iba a decir)… ¡“La alegría”!. Y así fue señor, le toca jugar. (Me quede callado, inmóvil, para dejarlo terminar con una sola pregunta) ¿No desea Matarme? Solo moví el caballo, tiré su pieza sobre el tablero y me retiré. Creo que al salir del cuadro me dijo el número de patente del automóvil que transportó a su ex, hasta quien sabe donde, lo intenté memorizar pero un día se borro de mi cabeza. También pensé en volver a preguntarle, pero verdaderamente ese hombre me inspiró mucho temor. Tanto que nunca volví al barrio de barracas. Si hubiera tenido el valor. Creo que habría ido a ver la fotografía que decía tener de “eso que yo estaba buscando”. Ahora estoy viejo, mis viejas piernas a penas pueden caminar una cuadra hasta el almacén y una vez cada quince días las visitas al medico. A dos cuadras de mi hogar. Puedo asegurar que alguna que otra vez, pude haber tenido en mis manos a “La Alegria” pero fue muy efímera. De haber tenido la peripecia, supongo que se la habría acercado a Isaías si es que aún sigue con vida. No estoy del todo seguro acerca del hurto de “La Alegría” (aunque se alista entre las posibilidades) más bien, pienso que él mismo había destrozado “La Alegría”… su alegría. Y es obvio que aquellas personas ayudaron a que el cometa tal crimen. Pero cuantitativamente, no lo sé. Al comenzar el texto, me hice tres preguntas. Y creo que toda esta historia responde la tercera. O por lo menos en parte. Ahora en mi cabeza cuando me hago esa pregunta, una imagen invadirá mi memoria: la cara de Isaías.

11 feb 2007

El Discurso perfecto

Juan se sentía traumado, solo, triste, contento, apacible, enfurecido, golondrina, pétalo, y mucho más por supuesto. ¿Pues, de que se trata el trauma? Si no es de aquello. Sentado apreciaba a la doncella que tenia enfrente. La habitación estaba a oscuras. Todo negro. Apenas un televisor que cambiaba de imagen continuamente, iluminaba. Juan conocía el hospedaje, por ello sabia como moverse si tenía que descargar su furia entre malta y palabras perdidas. Quizás no lo pensó desde un primer momento pero al pasar los días estaba seguro que aquello era una secuencia vivida en un pasado no tan remoto. En la mesa que lo separaba de aquella mujer había algunas revistas, a lo lejos (en la punta menos divisible de la habitación), ellas recelaban historietas más reales de la que él vivía (Hoy, mañana, pasado). Muchos autores desplegaban sexo, sociedad y religión, entre pinceladas detallistas e incomprensibles a la vista. Ojeó algunas páginas pero instantáneamente volvió a colocarlas en el mismo lugar que se encontraban porque no era su historia, eran otras, de papel y Toner de buena calidad. Algunas cenizas cayeron sobre una de las tapas, no llegaron a prenderse fuego pero Juan quería que se hechicen, que ardan como la furia que contenía dentro de él, como la alegría, bella, las corrió con el más suave movimiento y continuo la charla que venia llevando. Dos metros cincuenta de altura, poco menos de cinco metros de largo y tres metros cincuenta y tres de ancho. En una esquina, la más cercana a la ventana, estaba el televisor y en la esquina contraria con siete kilogramos, más de quince años y no más de cuatro peleas ganadas (de arrabal porte) se encontraba la computadora de corto reaccionar. Detrás de Juan había una biblioteca, la cual pudo divisar en otras oportunidades (¡Media isla cubana estaba allí!) pero enfrente estaba la puerta que daba a la cocina (pequeña, extensa y acorde de longitud) que en varias oportunidades tuvo que atravesar o sólo ingresar para abrir el refrigerador sin orden de su dueña. Cuanto hospedaje, cuanto sin sentido. La charla continuaba. Cinco sillas, dos por lado y una en la cabecera, por supuesto dándole la espalda a la vieja computadora. Escuchó muchos reproches pero Juan tenía la habilidad de disuadir los problemas con buenas invitaciones. Del otro lado de la mesa corrían lagrimas, levemente caían por los pómulos rojizos. Dos o tres cayeron sobre la mesa que oscureció (más aún) la habitación. Horriblemente hermosa se encontraba con sus lentes firmes y su pelo lacio que apenas cubría sus hombros. Ella corrió al baño a ponerse bella. No tenía en cuenta que ya lo era y que ningún rubor podía superar esa tez limpia, fina y suave. Juan en ese momento no se movió, no dijo ni una palabra, prefirió bajar su cabeza y respirar profundamente. Silenciar como el bosque que se aprecia desde la terraza de un departamento urbano. Pensó en tomar un libro de la biblioteca y recitar alguna frase al azar pero no tenía fuerzas para levantar su gordo trasero. Espero a la muchacha, sentado, en la misma posición y simulando que miraba la pantalla. Nunca pudo recordar lo que miraba, auque se lo preguntó repetidas veces en el trascurso de la noche, pues en realidad estaba en un mundo paralelo, donde las mariposas vuelan libres y los pastos tapan las rodillas. La muchacha al volver del baño cargó su vaso. Y miró a Juan como se prendía un cigarrillo. Ambos callaron por unos minutos y solamente se observaron. Para Juan fueron horas de silencio aunque solo habían pasado tres minutos con cuarenta segundos. Ella ya no lo observaba. Fue allí cuando Juan se dio cuenta que el volumen leve del televisor había desaparecido y que un radio grabador que se encontraba al costado del aparato visual sonaba un poco más fuerte, supuso que siempre estuvo prendido pero que no se había dado cuenta, ni siquiera que se encontrara allí. Era música brasilera. No llegaba a ser alguna zamba típica pero el candombe portugués es fácilmente reconocible. Juan seguía callado mientras la muchacha le hacía referencia a algo que se divisaba en la tele-pantalla. Hasta que de pronto ella propuso algo que Juan no esperaba ¿Fumas? –Dijo la doncella – Y Juan contesto afirmativamente. La preciosura volvió a desaparecer, esta vez no había ido al baño aunque se había dirigido en la misma dirección. Juan sonrió. Estaba sorprendido que “el mal” del cual deseaba alejarse apareciera allí. En el pasado estaba seguro que aquello nunca le hubiera sucedido. Quizás era la maldición del abandono, aquella que exige acariciar en despedidas hasta que la sangre diga basta, esa que es tan áspera, cruel y hermosa al mismo tiempo. La muchacha volvió con el pedacito de una bolsa que arropaba un contenido saboreado. Fregó sus partes. Todo su contorno. Y el contenido fue directo hacía las sabanas de los magnates. Con su lengua beso la parte correspondiente. Y con sus pequeños dedos (pulgar e índice) levantó su construcción. Juan solo miraba, callado, pero no-sorprendido por aquellas habilidades. Era la primera vez que estaba con ella en esas circunstancias y sabía muy bien que iba a ser la última. Fueron hasta el balcón. Y entre pitada y pitada (y patada también) continuo la charla. Calesitas empetro-ladas, pitada, valeros atómicos, pitada, cartas tercer-mundistas, pitada. Se conocieron un poco más. Ambos hablaron del pasado. De aquello que todavía latía, pitada, de alguna forma, pitada, y de lo que no también. Construyeron marines, destruyeron ideas, bifurcaron situaciones. Y volvieron a entrar. Juan se reposo en el mismo lugar que estaba sentado. Ella también. Enfrentados. Pero apenas Juan se apoyo, sintió algo extraño. No logró reconocer que era lo que le sucedía y por eso mismo fue en busca de una cerveza que esperaba helada en el congelador. Se sirvió rápidamente y olvido que nunca le había gustado la espuma de la cerveza. Le sirvió a ella que ya no era la misma ¡Si, ya no era la misma! Su cuerpo se había entumecido, sus ojos cayeron en un pozo (el pozo de los parpados pesados) y su mirada se perdía en la biblioteca que estaba a las espaldas de Juan. Pero solo era por momentos, segundos, ya que instantes más tarde inclinaba su cabeza para apreciar el televisor inamovible. Sus brazos eran esqueléticos ¿Cómo Juan no se había dado cuenta de ello antes? Es que ella era diferente. Juan con mucha suavidad fue hasta el baño. Triste. Se lavó la cara y se quedo mirando su reflejo en el espejo. Tenía ganas de pestañar y aparecer en su casa. Prepararse un té bien caliente e irse a dormir. Pero desde algún punto se sentía apresado a la belleza de aquella muchacha. Mucho mal había injuriado en su momento y la señorita lo había llevado en sus hombros con el coraje de una mujer con todas las letras. La había traicionado y pensaba en hacerlo nuevamente. Pero al volver a la mesa y al mirarla a los ojos su forma le dio miedo. Alucinó que unas preciosas alas de fuego le crecían por sus espaldas, cual fénix, que sus facciones se habían perfeccionado o sobre saltado mejor dicho, quizás como las revistas que solía leer ¡Eran ellas! Pensó Juan, había que deshacerse de aquellos dibujos “Metropolitanos”. De golpe, ella con sus alas de fuego, comenzó a hablar de la educación pública. Era residente. Dos largas horas, destacando que la elección de los jóvenes no es apropiada, que su educación estaba regida en condiciones prodigiosas y quizás nadie podía darse cuenta de la necesidad de ella. “Como almas tan luchadoras hacen caso omiso y toman la educación como un juego de muñecas. ¡La instrucción lo es todo!” (dijo) Se levantó, golpeo la mesa con fuerza y miro hacía el infinito. Juan tembló, y no contradiciendo (pues estaba de acuerdo) levanto su copa y brindo por ello. Pero muy dentro de él todavía deseaba abandonarla. Temía, sudaba, temblaban las piernas que intentaba detener con sus manos pequeñas. Y la muchacha se había quedado inmóvil. Con la copa en lo alto pero con los ojos cerrados y balbuceando el deber de las personas. Juan sabía que nunca podría escapar de allí, que amaba demasiado a aquella loca muchacha y que su deber era terminar con la vida de algunos de los dos. La dama seguía en lo alto: “… es pública, el acceso es hacía todas las personas de este bello país pero cada día me sigo dando cuenta que parece no importarles. Algunos siguen dando parciales solamente para “safar”, van en busca de un papel que de nada les servirá si no tienen un conocimiento basto, otros abandonan la posibilidad de una buena instrucción y se pierden en las calles, complacidos y siempre al azar e la vida… ¿Porque no se dan cuenta? Uno tiene que hacer lo que tiene que hacer pero ello conlleva una responsabilidad. Si cada persona tiene en cuenta ello, podremos crecer, no sigamos engañándonos… somos débiles (dio un sorbo) sino… tu ahora podrás demostrarme que no lo eres… vamos hazlo… si es por ello que has venido aquí… para comprender que la educación es todo, y es por ella que estoy dispuesta a dar la vida y quien se atreva a traicionarme debe tener más fuerzas que yo y debe hacer lo que su alma está pidiendo a gritos… liberarse… ahora discúlpame debo ir al baño”. Juan, mientras ella no estaba, saco el arma que guardaba en la cintura ¡Vine a matarte porque sabes demasiado, lo que para ti es educación para mi es información barata que nunca tendré en mis manos y la verdad que no me importan esos papeles que incriminan a altos funcionarios de la nación y que tu te has robado!¡Sabes muy bien que soy un simple analfabeto!¡También sabes que te amo!¡Sabes lo que he venido a hacer!¡También, sabes que no soy capaz!¡No se lo que harás con ellos ni me importa!¡Solo se que no podría terminar con tu vida porque te temo!¡Eres la mejor amante que he tenido en años y eso que estar cerca del poder te rodea de las mejores prostitutas del país!¡Quizás lo mas triste de todo esto es que no podré volver a verte!¡Debo admitir que he venido hasta aquí a amarte por ultima vez pero ahora mismo no se siquiera si me lo merezco!¡Mujer, a pesar de mi ignorancia he comprendido que sin una buena educación no eres nada en este mundo triste, que mi licenciatura falsificada no me convierte en un magnánimo aunque así me llamen algunos!¡He comprendido que, también, guardas una imagen justa que no me has querido transferir!¡Has puesto en duda mi deber de la forma mas sutil pero lo he comprendido! ¡Pero has hablado de deber y es ello lo que no puedo evitar! ¡Y a decir verdad, sé muy bien que no podré cargar con la culpa! Y se escuchó un disparo, mientras la muchacha empolvaba su nariz.

2 jul 2006

La esquina de los mil rompimientos

Mi abuela alguna vez me lo advirtió. Al oeste de la capital federal de Buenos Aires (Argentina), hay un barrio muy pequeño, del cual, muy pocos conocen la leyenda de "la esquina de los mil rompimientos". Algunos conocedores del tema como el doctor en ciencias ocultas Augusto Przepiorka, analizan la leyenda y afirman que “ésta comenzó con el dueño de aquellas propiedades, a principios del mil ochocientos”. El señor Don Francisco Ramos Mexía, casado con Doña María Antonia Segurota. Don Francisco después cambiaria su apellido a Ramos Mejía, ya que según la costumbre de la época los apellidos con X eran conformados por judíos conversos. María Antonia Segurota recibió catorce hectáreas y Don Francisco las repartió entre sus trece descendientes. Este es un punto importante de la historia, según nos cuenta la doctora Irma Cohen: “En la biblioteca nacional de la republica se pueden encontrar textos privados de Don Francisco, en donde además del negociado visible de la época se puede advertir el hincapié de los trece hijos. En medio de la cruenta lucha entre Unitarios y Federales, en el año 1829 tras su derrota en Puente Marquez, el General Lavalle se dirige en retirada y acampa en la chacra de los Tapiales, huésped de la familia Ramos Mejía. Además, hay declaraciones fehacientes donde se afirma que la numeración no es casualidad alguna, sino una invocación al demonio con la propia sangre, en la descendencia misma. Esto también se puede observar, más adelante, en la educación que con la que se criaron estos niños. Más destacadamente en el caso de Hermógenes Ramos Mejia, considerado el responsable del primer cisma religioso del país. Después del enfrentamiento con el Padre Castañeda, fue confinado el casco de su chacra donde falleció, dejando a su esposa.” ¿Dónde estaba ubicada aquella chacra? Curiosamente, el acceso más rápido con la capital era la carretera conocida como “el camino Real” (Vendría a ser hoy día, Av. Rivadavia.). Algunos afirman que los Ramos Mejía hacían grandes travesías para no pasar por allí. Quizás por ese motivo en 1858 donan algunas tierras (cuatro manzanas) para que se construya el primer ferrocarril de la zona (así como edificios públicos) primeramente llamado “Paraje San Martín”. Pero sin querer alejarnos del tema, exactamente es por estos años donde comienza la leyenda. Dicen que don Francisco afligido por la muerte de Hermógenes, su décimo tercer hijo, decide instalarse en la chacra donde falleció. Muy viejo, con los huesos dolientes y principio de Poliomielitis, una noche manda a llamar a su esposa y la mata ferozmente con trece puñaladas. El hecho no sería difundido y las autoridades harían responsable a un indio de la zona. Así como también de la muerte de la viuda de Hermógenes trece días después del asesinato de Doña María Antonia Segurota. Don Gregorio, antes de su muerte, le sede algunas tierras a una de las estirpes de mayor rango de la época “la familia Martínez de Oz”. Augusto Przepiorka, nos dice: “Es uno de los casos más extraños de la historia Argentina, una mujer tan importante como lo era Doña María Antonia Segurota fallece y nadie se entera. A los pocos días, también asesinan a la nuera, de la misma manera y exactamente en el mismo lugar donde murió su esposo Hermógenes. Tres asesinatos encubiertos. Y un nuevo vecino, que casualmente es uno de los hombres más poderosos de la época. También es para tener en cuenta, la desaparición del cuerpo de Don Francisco. Algunos dicen que los indios se llevaron su cuerpo al desierto, otros dicen que sus propios hijos lo sepultaron en el lugar de sus asesinatos pero eso nunca se sabrá porque los indios serían asesinados y sus hijos nunca hablarían del tema”. Lo demás descendientes de Don Gregorio optaron por dejar aquella hectárea vacía (quizás para preservar su cuerpo) sin nadie que la habite, las tierras dejaron de ser fértiles rápidamente, la chacra se caía a pedazos, las carretas se desgastaban (el sol las corroía y la lluvia pudría su madera) pero se comenta que la última gota de sangre desapareció recién en 1900, poco menos de cuarenta años después de los asesinatos. También se comenta que amantes de los Martínez de Oz fallecieron en el mismo lugar, así como campesinas de la zona, pero eso nunca se pudo comprobar. Con el pasar del tiempo, ya sin marcas en la tierra, las muertes fueron desapareciendo. La creencia demoníaca de Don Francisco curiosamente se disgregó. Muy cerca del lugar se construyo una Iglesia y un colegio pupilo, allí se enseñaba polo, equitación, natación y danzas clásicas. Y un letrado en varios idiomas como el francés, latín e italiano. Con el pasar del tiempo también se enseñó Ingles y su nombre cambió, pasándose a llamar “WARD: Institución educativa de las iglesias evangélicas metodistas y de los discípulos de Cristo” (después de la segunda guerra mundial). Hoy en día, por el mismo lugar cruzan dos calles: Suiza y Fred Aden, el asfalto (colocado en 1916 y reformado por cada intendente que se postula) tiene tantas marcas como la piel de un leopardo, el caparazón de una tortuga nace desde el centro y las huellas cruzan, cortan y raspan. Cada automóvil que pasa por allí tiene que detener su marcha de tal modo que en algunos casos tienen que volver a prender el motor. La zona está vacía, algunas casas bajas la rodean, el colegio Ward luce sus campos deportivos, los pinos acarician el cielo y cosquillean las nubes, en la esquina se vislumbra la cúpula de una iglesia, y si se tiene buena visión a siete cuadras se puede ver otra iglesia (del otro lado del colegio). Y en medio de todo ello, las marcas en el suelo del señor Ramos Mejía. Cuenta la leyenda que desde mil novecientos, las parejas terminaban sus relaciones allí. Sabiendo del amor que tenían los Ramos Mejía hacía sus mujeres, sabiendo que en aquel lugar se derramo sangre por amor y la tierra consumió el penar, el sufrimiento, la ausencia, la soledad. Es así como montones de mujeres, llevaban a sus noviecitos hasta aquel lugar sólo para terminar de verlos, para abandonarlos. De ésta manera las mujeres le aseguraban a sus “pasados” hombres, la ausencia de ausencia, librándolos del recuerdo, de los buenos momentos vividos junto a ellas. Algunos dicen que esto es amor verdadero, otros prefieren sufrir para olvidar. La leyenda continua con la frase de un indígena, criado de los Ramos Mejía, y conocedor del tema “Un día escuche hablar al señor sobre “el lugar deseado”, le comentaba al señor Martínez de OZ que un ritual era necesario para que el suelo absorba las penas de los humanos pero que el hombre numero mil sería castigado con la pena de sus antepasados y el peor castigo que uno se pueda imaginar… el deseo chispeante y latente”. Como dije en un principio (quizás por eso tanto me importa ésta leyenda, quizás por ello he decidido publicarla, quizás por ello tantos conocedores están a mi alcance) mi abuela me lo advirtió.

5 jun 2006

El cofre de las ilusiones

Aquel día Pablo Matías Muaiño se levantó muy temprano para ir al trabajo. Acostumbrado a desayunar, por el camino se compró unas galletitas saladas. Sabía que en su escritorio lo esperaba el termo y el mate por calentar. Y seis horas de atención personalizada (telefónicamente). Pablo siempre hacía el mismo recorrido. No podía evitar pasar por Av. Scalabrini Ortiz y Córdoba, allí había una pequeña panadería que bañaba la vereda con su perfume. Una rejilla pegada al zócalo gastado, le hacía cerrar los ojos y levantar levemente la nariz. Aquella mañana después de pasar por la panadería, una mujer que veía ocasionalmente, lo llamó por teléfono para reclamar su presencia. Hacía como dos meses que no se veían. Después de haber compartido muchos buenos momentos juntos. Ese ocasionalmente, ya no era tal. Pablo Matías no estaba de humor aquella mañana porque al pasar por la panadería se dio cuenta que estaba en los primeros días del mes y no llevaba plata en su billetera, y como si esto fuera poco, al cerrar los ojos, una señora lo llevo por delante machucándole el dedo meñique. Muaiño no le hizo caso a la señorita del teléfono, prefirió cortar la comunicación y seguir caminando al compás del viento que golpeaba su cara sin despertar. A la hora del almuerzo, sus manos empezaron a transpirar. Bajó su cabeza y recordó. No era la bella sonrisa de la muchacha que avivaba en él su ternura retraída, tampoco eran los labios que tan dulcemente besaba en un tiempo de dos por cuatro, mucho menos eran los pómulos firmes, ni el pelo azabache y crepuscular, ni su seños pequeños, ni su piel con olor a miel. No era ella. Era el cofre.

A los dieciocho años de edad, un vendedor de una casa de antigüedades de la calle defensa, le vendió un cofre misterioso. De unos cuarenta centímetros de largo y veinte de ancho. Cubierto de un cuero derrochado de color marrón y algunas decoraciones en oro de plata que formaban imágenes perdidas de rosas sombrías. Cada pétalo se marcaba a la perfección y en el centro de cada rosa había un rubí precioso, rojo fuego. El baúl estaba escondido entre montones de arañas, cuadros, sombreros, facas y centros de mesa. El vendedor le afirmó que cada posible comprador primeramente tenía que conocer las consecuencias y responsabilidades de éste. Comentó que dentro de él, se guardaba el bulto de muchas almas en pena y que cada una de ellas representaba una ilusión. La más estricta de todas las almas que se sepultaban en el cofre era la de “Dorotea”. Una dama de los años treinta que fue abandonada por su esposo, un gangster que traficaba whisky para un alto funcionario de la época. Dorotea lo esperó muchos años sentada en el regazo de su lecho, mirando la ventana que daba al puerto. Alguna que otra vez, sospechó verlo bajar de un barco pero nunca golpearon su puerta y falleció de inanición en su habitación oscura y solitaría. Se dice que ella era la dueña del cofre y juró regresar cada vez que un amante se sienta sólo. Otras de las almas en pena era la de “Ruperto” un bailarín homosexual que frecuentaba un boliche de San Telmo. Se cuenta que un hombre golpeó su corazón a la mitad de “malevaje” pero después de aquella noche nunca más lo volvió a ver. Ruperto frecuentó el boliche por años, noche tras noche, petaca tras petaca, compás tras compás, línea tras línea, pero fue en vano, él nunca regreso. El dueño del local que le contaba estas historias a Pablo Matías Muaiño, se fue poniendo cada vez mas enérgico. Y afirmó:

  • "Te puedo vender el cofre a un preció que este a tu alcance, pero las responsabilidades a las que hice referencia desde un principio se deben a algo mucho mayor. Según la leyenda, la persona que sea propietaria del cofre debe abrirlo cuando sienta que es tiempo de compartir la vida con una persona. Sólo allí. Sus beneficios serán muchos, dinero, fama, poder, y sobre todo, amor verdadero. Se dice que esto está asegurado pero si el dueño se llega a equivocar de amor. Será tragado por el cofre y se convertirá también en un alma en pena, encerrada dentro de él, por siempre… A pesar de todo esto ¿se lo lleva o no siente que pueda ser capaz?"

Pablo llamo un remis y se llevo el cofre a su casa. Lo Acomodó en un rincón del departamento y lo abrió, para saber que era lo que podía pasar. En aquel momento, nada sucedió. Pablo guardo algunas fotos de su infancia, algunas baratijas y lo dejó abierto. Con el tiempo se olvido del cofre, pensó que la sugestión del vendedor era típica de un mercader con pocos compradores, dispuesto a inventar historias para pasar el tiempo. Pero desde el abandono mañanero de la muchacha que en algún momento lleno su corazón, Pablo se sintió diferente, extraño. Terminó sus horas de trabajo y regreso rápidamente a su casa. El cofre estaba abierto, y las fotos que había guardado allí, estaban llenas de sangre. Se dice que nadie volvió a verlo. Simplemente desapareció. Y según algunos conocedores del tema, el cofre sigue esperando en algún local de antigüedades del viejo barrio de San Telmo.

14 may 2006

Ya!! Espero

Sentado espero en un otoño que recién comienza. Enfrente una silla vacía. Su respaldo es tan tenue como tu mirada. Esa contemplación que me desvanece, triste como el mar en épocas de silencio y al mismo tiempo, apacible, soñador, esperanzado, completo, armonioso. Sospecho que no te sentaras, no te atreves. Sospecho que tus pies están cansados y tus alpargatas doradas tan añejas como la sombra de mis manos. Ya nada importa, sigo sentado. Veo el cielo por una ventana. Está nublado. Un pájaro pasa velozmente, no alcanzó a admirarlo pero lo imaginó, libre, nadando por las nubes sin destino alguno. Una rama de un árbol, un techo de tejas, la chimenea, la antena de un departamento, un pequeño descanso entre escalones infinitos. Y sus alas desplumadas de tanto andar. Eso no lo hace poco vistoso, al contrario, lo hace más bello porque es único en su raza. Y aún así puede volar. Pero ya dejó se ser mi luz, se esfumó. Desapareció como pueden desaparecer muchas cosas. La tristeza, la alegría, la esperanza. Digo bien la esperanza. Aquella que me acompañó cuando te dije la palabra misteriosa. A la que todos le temen. A la que muchos le agregan causas que ella no acusa. Pobre palabra. No estoy dispuesto a abandonarla. Muchos se alejan de ella pero yo la malcrío. Arropo su espalda con mantas sin usar. Las respuestas (primas de la misteriosa) ya no importan, tu boca, tus labios, tus mejillas, tus pupilas, ya me contestaron. Con silencio, quizás la respuesta mas noble que tuve. Te agradezco. La silla sigue inmóvil, yo también. Todavía sigo conociéndome. Mi pie se mueve sin sentido alguno, intento detenerlo pero es imposible ¿Qué tan relacionado estás con tú otro extremo? Allí también algo se mueve sin sentido pero su admiración es egoísta. Quisiera mostrarte, me encantaría, pero no puedo. Sólo afirmó que es como una doncella que baila sola en un salón de cortinas rosas. Y en cada compás dice la palabra misteriosa. Toca un vaso y lo dice, lo grita tan fuerte que hasta se atreve a romper la copa. Hay muchas mesas en el salón, con manteles desprendidos de las cortinas, que la rodean. Pero están vacías. Una araña cuelga y brilla. Su luz es perfecta, imperturbable. Ésta doncella no tiene pasado, ni futuro, es estática. Y bella. Tan bella que los amaneceres se inspiraron en ella. En alguna nube (una vez) vi sus mejillas. Pero la silla sigue inmóvil, todavía. Y el mozo dice que el lugar esta por cerrar y que tengo que dejarte, silla. Pero me voy tranquilo, en paz, porque hice un pacto contigo, silla. Gravé en tus maderas la palabra misteriosa, silla, y cuando ella se siente en ti, silla, sentirá lo mismo que yo, silla. Aunque sé que eso ya no me importará, silla. Porque estaré en otro bar esperando a otra persona.

23 abr 2006

La ironía del msn

Sin tapujos, hoy les contaré, breves enseñanzas posmodernas. No sugieren un conocimiento exacto de las cosas, pues cada ser humano crea su propia carretera: con pinos verdes (gigantes) a sus lados, o sendas con vacas que ni siquiera comen el pasto. “Gigantes pétalos vuelan en la pieza de Sandra (mi cuarto)” le tiró un zumbido a “Dorio es tan patriota como el que canta en Almafuerte”. Puedo afirmar, que alguien alguna vez me dijo que se estaban creando hombres de mil nombres, y yo no le creí. En fin…

  • “Gigantes pétalos vuelan en la pieza de Sandra (mi cuarto)” dice: Hola como se nota que estas agrandado, ya no saludas
  • “Dorio es tan patriota como el que canta en Almafuerte” dice: (Responde con un pacman que guiña el ojo)

Esto responde a la época arrabalera consecuentes del machismo y de la homosexualidad escondida. Donde una mujer era invitada a bailar previo al cabezazo del caballero. Algunas películas muestran a las señoritas bailando frente a los señores (la gran mayoría portaba bigotes) que esperan sentados tomando un Whisky o té congelado (depende del presupuesto del film y del actor). Pero siempre destacando las características del burlesqué. Y la buena presencia de la Madame.

  • “Dorio es tan patriota como el que canta en Almafuerte” dice: Estaba buscando algo en la heladera. Todo bien?
  • “Gigantes pétalos vuelan en la pieza de Sandra (mi cuarto)” dice: Si todo bien porque te fuiste tan temprano de la fiesta del pato?????
  • “Dorio es tan patriota como el que canta en Almafuerte” dice: Porque me dolía la cabeza

La excusa mas reconocida de las mujeres. Ya se presupone que su falsedad es evidente. Pero uno lo toma como real. Creyente. La ciudad tiene mucho smoke, sus bocinas y sus desperfectos motores pueden darle malestar a cualquiera. Creyente.

  • “Gigantes pétalos vuelan en la pieza de Sandra (mi cuarto)” dice: Te perdiste a “el gordo” pepe arruinado en el cuarto de luís
  • “Dorio es tan patriota como el que canta en Almafuerte” dice: (Responde con un pacman que llora)

El pacman era la cabeza de un muñeco de peluche (seguramente). Su paradero es desconocido. Al parecer, la última persona que pudo verlo “con vida” dijo que se había tomado una pastilla y curiosamente sus amigos se habían puesto azules. Se lo veía agresivo, corría a unos primos por los pasillos de la villa. Al grito de “veni que te transformo en una frutillita”.

  • “Gigantes pétalos vuelan en la pieza de Sandra (mi cuarto)” dice: Bueno, me voy a bañar vuelvo enseguida!!
  • “Dorio es tan patriota como el que canta en Almafuerte” dice: (Responde con un zumbido)

Aquí nos encontramos con lo más correspondiente de la charla. El zumbido y la ducha. Pues la higiene es algo indispensable en una persona ¡mira si algúna vez deciden dejar esas pantallas! La misma situación se repite días tras día. Con caras desconocidas o personificadas con un skater´s o un perro. Ambos se quedaron en sus pupitres, estáticos. Sucios y mal olientes. En fin, antes se acostumbraba cerrar las puertas en la cara pero hoy en día, es otra la amabilidad de la época.

14 abr 2006

Camino

Camino por las tierras de mi pueblo. Lejos está tu alma, tu fiel ternura de terciopelo, tu piel, tus senos, cada parte del cuerpo que deseo besar. Despacio, tranquilamente. Un cigarrillo se enciende, lento, muy lento, su llama prendé de a poco. La nicotina calma mis deseos, los engaña, y su tranquilidad me vuelve pensativo. ¿Dónde estarás belleza? ¿Quién besará tú clítoris ésta noche? Yo camino, todavía no sé donde me dirijo, pero seguro qué es lejos de tu piel. Lo necesito. Ciento ésta dulce condena, un lamentar por mis pesares del ayer. Muchos sueños vi caer, muchos proyectos, y mi paz sentada en el sillón de los domingos (de fútbol). Mi intención no era lastimar, solo amar, como hoy te amo a ti. Pero ahora prefiero escapar, salir de la penumbra de tus ojos. Que tan ciegos me dejan. Como un murciélago sin rumbo, trato de guiarme por mis sentidos, pero la tarea es constante y el choque es inminente. Se muy bien que estoy perdido, pero yo camino. Y no me voy a detener, porque tus piernas abiertas me gustan demasiado. Y si intento descansar, apretaré los labios con fuerza, tanta como una inmigración de aves que vienen del Este, con mucha fuerza tomaré los muslos de mis piernas y los oprimiré hasta que sangren, El miembro se elevará, se mantendrá duro. Como las noches más excitantes que tuvimos. Matándonos, sacando las bestias más brutales y escondidas de nuestro ser. Sintiendo cómo en cada movimiento las almas chocan Y se excitan. Me tengo que prender otro cigarrillo. Tus senos tan pequeños que siempre tratas de ocultar. Bajo esa remera de rock qué tan bien te queda. Tus piernas flacas, Y tu clítoris infante que lentamente me permite entrar en tu vida. Sólo a una parte. Solo una. Y con eso, mi cuerpo queda satisfecho. Vació, pero apacible. Luego me besas, eso lo recuerdo muy bien. Primero posas tus labios sobre los míos, después sobre mi cuello. Y todo vuelve a comenzar. Hermoso. Ya no puedo caminar más. Me alcanzaras. Y me detendrás en la celda de tu persona. Viviré contigo. A todos lados te llevaré. Porque eres mi recuerdo, mi camino.

2 abr 2006

El hombre de la nada

Recuerdo que un día un hombre, olvidado de adolescencia y de sueños inciertos, caminaba por las calles de Roma. El coliseo era como una pelusa de biblioteca, recuerdos de caminatas de viajes escolares. Con fondos del estado, comía un plato de fideos por día. Fracturas de servicios prestados por necesidad. Un hombre sin rumbo. Un hombre sólo. Su familia había desaparecido. La guerra, se llevó a muchos. Pero en el caso de esté hombre, los derechos civiles sólo cayeron sobre los hombros de su hermano mayor. Philip, rubios (por favor). Trabajaba para unos de los abogados, más reconocidos de la ciudad. Y estaba a punto de comprarse un automóvil. De una marca que prometía muchas comodidades y buen gusto. Ford, creo (Creó). Tenía dos hijos, Johnn y Paúl. Años más tarde, unos hombres con los mismos nombres revolucionarían la música. Pero de los niños (una pitada al tabaco) se perdería el rastro, igual que el de su querida esposa. La hermana, menor del hombre. Después de una discusión y un bolso por llenar. Parecía quedar la tibia despedida, mientras se cerraba la puerta bruscamente. Y su madre, su madre, tan arrugadas eran sus manos sin mantenerlas en el agua, tan tierna su mirada por la mañana, tan frágil como la porcelana, tan débil como el alma, esa era su madre. Y el punto consiguiente no es casualidad. Simpleza solamente. La vida del hombre era muy sencilla, demasiado. Por las mañanas, salía en busca del diario. Caminaba cinco cuadras, aunque tenía un puesto en la esquina de su casa. Le hacía un chascarrillo al señor del kiosco, mientras le compraba cigarrillos, y alguna que otra golosina. Con diario en mano y tabaco en sus bolsillos. El hombre iba hasta un bar en las afueras de Roma. Siempre intentaba recordar como fue la primera vez que llegó hasta aquel lugar, ya que no era nada fácil de encontrar. Sufría de algunos desfasares. Siempre eran los mismos. Había un hombre llamado Fillippo, en el rincón más oscuro del lugar. Tomando whisky. Sólo tomando Whisky. No se conocía mucho de su vida, simplemente se sabía que su mujer lo había abandonado, y desde aquel día, se sentó allí a esperarla. En la otra punta, se sentaba un anciano a tomar café y a fumarse un atado de cigarrillos mientras escribía. El hombre, alguna vez le preguntó sobre sus escritos pero el anciano esquivaba la charla astutamente. Por eso mismo, el hombre lo admiraba. Y el anciano, supongo que también. Una mujer solía frecuentar el lugar por las tardes. Se sentaba hacía la barra y miraba fijamente al hombre (el lugar del hombre). Se tomaba un trago. Y se iba. El hombre solía charlar mucho con la mesera. Le prestaba la sección de espectáculos, y juntos leían, los saludos a ultratumba. En un principio, el hombre se sentía atraído por la muchacha. Pero sabía muy bien que la gestación de un proyecto podía aprisionarlo a la ciudad que lo agobiaba. Al hombre le encantaba hablar sobre su muerte. Anunciaba que la simple ausencia al bar por las mañanas, significaba que su alma se había despegado de su cuerpo. Una vez, una nueva persona abrió la puerta. Era un joven de unos treinta años de edad. Físicamente idéntico al hombre. Se sentó junto a él, y entre cometarios vacíos. Se formó una especie de cordialidad. Después, Fueron varios meses. De charla, de alcoholización, y hasta en alguna oportunidad, de hachis adolescente. El joven, estaba a punto de separarse de su esposa. Comprendía que su futuro era más importante. Y estaba por irse a Inglaterra con un sueldo y un coche, asegurado. Un día (cercano a la fecha despedida) el hombre lo invito a su departamento a leer unas novelas de Kafka, y el joven aceptó. En un ataque de locura. El hombre golpeó fuertemente al joven con el extinguidor, después lo amordazó y ató a la cama. Y con una sonrisa macabra lo miraba desde la ventana. Recuerdo que le dije esto: - Yo sé muy bien que tú no tienes la culpa de nada. Mi vida desde pequeño fue un desastre. Y siento que cada día se derrumba, más. Sabes, que estuve pensando en irme a otro país. Conocer otros lugares. Pero seguiría siendo un hombre sólo, sin nada. Te has fijado en el viejo del bar, siempre escribiendo. Seguramente esta planeando la dominación del mundo. Nada te puede llevar mas trabajo. En un principio, pensaba matarlo a él. Pero no encontraba la forma de hacerlo desaparecer. En cambio usted, me ha servido de mucho. Fue una gran inspiración para mí. Estos meses, fui analizando cada detalle. Y me di cuenta que su viaje de negocios puede ayudarle mucho a mis propósitos. Su esposa, pensará que está de viaje. Aquí guardo una carta escrita con tinta. Rechazando el trabajo de Inglaterra. En síntesis, usted va a desaparecer. Igual que yo. Y ambos, seremos nada. La nada absoluta. Yo moriré para el estado en mi cama incinerado. Y usted, escapara de su esposa y se ira al cielo. Se lo digo porque a mi hermana le sucedió algo parecido. Estoy seguro que alguien la mató, total ella era nada desde muy pequeña. Me abandono y me dejó con mi madre que se estaba por morir. Además, le dije muchas veces a Jaquelin (la mesera) que el día que no vaya al bar por las mañanas, quería decir que estaba muerto. Discúlpeme si tengo que retirarme, pero un vuelo a Sudamérica me espera. Además todavía tengo que mandar su carta y los correos cierran temprano. Le juró que me quedaría con usted, pero ahora usted es yo, y seguro que quiere quedarse sólo en su casa. Con la cama bañada en querosén y con este fósforo prendido. Pero se puede quedarse tranquilo, que algún día alguien sabrá de su historia. La escribiré.

1 mar 2006

Un tal señor Ñ

Un señor al que llamaremos “Ñ” (ya que la “Z” tiene un uso abusivo) paseaba por la estación de primera junta, miraba algunos libros que le interesaban y los que no también. En una de sus revisiones minuciosas, notó que el portero del departamento de enfrente lo señalaba, al grito de “ese joven está maldito”. El señor Ñ no tenía buena audición y creyó escuchar “ese hombre ´ta malito”. En su pensamiento fugaz también supuso que lo confundían con el ex gobernador de la provincia de Tucumán (el cafetero) por su, casi, similar apariencia física. El portero repitió varias veces la feroz frase. Una señora que venia de hacer las compras, miró al señor Ñ y soltó rápidamente todo lo que tenía en las manos. Inclusive la billetera. Tomó su cara con asombro, sostuvo su dentadura y empezó a correr. Abandonando todo. Un joven que pasaba por allí, no perdió de vista las monedas que rodaban por el asfalto. El señor Ñ estaba estupefacto desde la otra vereda, apretaba con fuerza el libro que tenia en la mano (de Bucay o de una autora española). El hombre del local, se acercaba por su espalda, y con un simple movimiento le arrebató el libro y le dijo <>. El dueño del local se fue reprochando, anunciando la quema de los libros que había tocado el señor Ñ. Sin comprender bien la situación, comenzó a caminar hacía el lado de flores. Se tocaba la cara, los brazos, las piernas, los testículos. No había nada irregular. O por lo menos, no lo notaba. Al llegar a la calle Púan una mujer de minifaldas, cortas muy cortas, que forzaba alargar la prenda, con botas que le llegaban a las rodillas. (una puta) le pide fuego. El señor Ñ no fumaba pero curiosamente encontró un encendedor en su bolsillo.
-aquí tiene señorita
-Se puede saber que estas haciendo por acá
-solo camino
-ya no puedes caminar por la calle a éstas horas, hay demasiada luz. No te parece.
-(el señor Ñ sonrió, se acordaba de Drácula y de Leslie Nielsen) el día es hermoso, no hay nubes, hace calor. Y con el mayor de los respetos, ya soy bastante grande para saber lo que puedo, y no puedo hacer.
-esta bien. No te lo dije para que te pongas así. (El señor Ñ sonrojo porque la mujer le clavaba la mirada, mientras el humo del tabaco acariciaba su piel) Sólo lo decía porque hay gente muy malvada por estos lugares.
-gente malvada (que sinónimo, hijos de puta pensaba el señor Ñ)
-aunque no me creas, hay gente que no tiene corazón. Yo en cambio, lo tengo, pero simulo no tenerlo. La mujer le dio la espalda y empezó a caminar. Se iba. Dejando al señor Ñ con la mano sin soltar el encendedor sobre el bolsillo. Quieto. Después de algunos segundos reaccionó, soltó el encendedor y siguió su camino. Que tampoco sabía cual era. Hizo algunos metros, mojo sus labio, y prosiguió. Una dama que paseaba el perro bajó su mirada al verlo pasar, y el señor Ñ estaba seguro que no tenía la culpa del ahorcamiento del perro (la utilización de la palabra “animal” hubiera sido confusa). A tan sólo cien metros más. Una dama, así debe llamárselas, esperaba el colectivo. El señor Ñ estaba atento a la reacción. Y a los pechos grandes de la señorita. La dama lo observó, flexionó su codo, puso la mano contra su pecho y se dio vuelta. Una escena dantesca si no se encontraba la cartera debajo del brazo de la mujer. El señor Ñ siguió caminando, no volvió a fijarse en las respuestas de los demás. Y se fue pensando cual era la atrocidad que veían en su rostro. Su madre siempre le dijo que era el más bello de sus hermanos.
-Quizás (pensaba) tengo una deformidad que no lo he notado nunca. Puede llegar a ser que mi madre me dijera eso, porque sabía lo fuerte que sería darme cuenta por mis propios medios. Lo quiso alivianar pero me parece que se ha equivocado. Como puede ser que causé ese tipo de respuestas en las personas. El panadero del mi barrio, no me mira de esa manera. Aunque él me conoce desde muy chico. Seguro que ya se acostumbró a mi deformidad. Pero “ki-ka” la vecina de enfrente, vive hace cinco años y de vez en cuando me sonríe. Mejor me voy a casa y lo averiguó. El señor Ñ, se tomo el colectivo mas cercano y emprendió viaje. Cien mil fueron las ideas que pasaron por su cabeza. En una de ellas había una reencarnación en juego. En otra, una persona verde que desde su nave espacial, tiraba rayos gama hacía la panza de la madre. Cuando lo fecundaba. Bajó del colectivo, y pisar un charco de la llovizna lo hizo temer. Tenía miedo de lo que se iba a encontrar. Tal vez ya no era el Señor Ñ. Quizás se había convertido en algo monstruoso. Le costó abrir la cerradura de la puerta de su hogar. En tres posibilidades erradas cualquiera sería un temerario más. Una vez que logró entrar a su casa, se abalanzó sobre la puerta. Ya comenzaba a darle topetazos con el hombro mientras giraba la llave. La puerta crujía y se balanceaba, pero el señor Ñ necesitaba una respuesta. Corrió. Paso rápidamente por el living. Llego al baño y se miro en el espejo. Comenzó a respirar fuertemente, hacía mucho que el señor Ñ no hacía ninguna clase de deporte. Empañaba el vidrio una y otra vez. Y la piletilla era el mejor apoyo que tenía. En ningún momento sacó la vista, de su vista. Esbozo una pequeña sonrisa. Y dijo: -ah, cierto. Soy negro.
Se aclara que está redacción es en contra de la discriminación, usando en todo momento el sarcasmo debido a las relaciones sociales actuales.

1 feb 2006

El canibal y la oreja

En algún lugar del mundo en éste momento, alguien se está escarbando la nariz. Seguramente un curioso sonríe, y si éste último, supera los sesenta años de edad la indignación cubre su rostro, mientras gargajea una jalea de melocotón con frutas silvestres ¿Silvestres?¿cuáles son las frutas silvestres? Seguramente no tienen nada que ver con un gato de caricatura. Capaz que sean frutas que mastique todo los días, capaz que sus gusanos estén indignados, capaz que no. Pero eso no importa porque hace un rato (antes de ponerme a escribir) puedo asegurar que me encontré con un caníbal. Era un señor refinado de unos cuarenta años. Tenia puesto una remera de los “Chicago Bulls” que en vez de tener a un búfalo tenia la cara de Michael Jordán. Debajo de su brazo derecho llevaba una cartera de cuero. Clásica. Hombre pasado de años. Anteriormente ahí se guardaba parte del escolazo, la petaca, las cartas, el maquillaje. Tenia una campera de Jean y esperaba el colectivo por la avenida Rivadavia. A mi solamente me acercaba el 96 o el 1; puesto que estaba en la plaza de flores. Recuerdo que solo había salido para mirar caras, y no se como llegue hasta allí, tan solo estaba ¡Y no saben con las caras que me encontré! Había una vieja, cerca de la estación, que tenia una especie de tumor sobre el pabellón auricular ¡era muy impresionante! Porque a pesar de ello no perdía su belleza. Solo era una linda vieja con un tumor en la oreja. Seguro que mientras yo apreciaba a la anticuada, mientras se tomaba un café en la ventanilla de un restaurante, el caníbal simulaba esperar el colectivo. Estaba empezando a hacer frió. Y no tenia abrigo. Entonces me fui a esperar el transporte en la cueva del oso (un oso que no tenia nada que ver con Moris). El señor primero me pido lumbre y yo le respondí: - que cosa papa? Fuego queres decir? - Si fuego –me respondió- Mientras le encendía el cigarrillo, porque no iba a dejar que una persona que me pide lumbre, en vez de fuego, toque mi encendedor. Él se detuvo y me dijo: - cual es tu gracia?? - yo le respondí- bailo tap en las “ancianitas descalzas” - tu nombre quiero decir? –replico- - mi nombre es Eduardo pero los mas cercanos me dicen EDU - bueno EDU (en ese momento quise interrumpirlo, hice un gesto para que se detenga pero me parece que entendió muy bien cual iba a ser mi queja) Bueno, Eduardo. Me atrevo a decirte EDU solamente porque estamos cerca. Solo quería preguntarte si algunas vez probaste el dulce sabor de la carne humana? - No (fue mi respuesta inmediata, proseguí) Aunque pensándolo bien, una vez en cuarto grado le mordí el brazo a una compañerita, y como era muy malo, en vez de devolverle el pedazo preferí tragármelo. ¿eso cuenta? - En realidad no, porque no saboreaste el gusto del pedazo (¡¡epa!! Dije) solo lo tragaste para hacer una maldad. Yo te estoy hablando de placer cuando desgarras a una persona. Arrancándole su carne, y pasando su piel por el paladar. En ese momento, pude haber pensado muchas cosas sobre ese señor, que estaba demente, que intentaba hacerme una broma por el desinterés que demostraba, pero se me ocurrió una idea mejor (además el colectivo estaba cruzando el semáforo). - hay una mujer sentada en la ventanilla del bar de la esquina, que estaría muy interesada en que le muerdan parte de su cuerpo. Además se llevaría muy bien con usted porque tiene una remera de “Tyson”. No es broma. Si usted me cree, le prometo que algún día esta historia llegara a sus oídos. Pero no a los de ella.